jueves

Nos preparamos, nos reunimos, nos saludamos y comimos. Se repartieron los regalos y brindamos, miramos los fuegos artificiales, bailamos algo, nos peleamos otro tanto y cada uno para su casa. Hoy, habiendo dormido poco, juntamos los restos del vithel toné en un tuper y partimos a la costa. Sólo unos días, hasta el fin de semana. Me gusta la playa y el bosque y pasar estos días acá.
Después de jugar en la arena con mi hija y respirar aire húmedo y fresco, prendo la compu ilusionada y ocurre el milagro: tengo acceso a un wi fi ignoto (ya lo sé, "milagro" puede parecer mucho pero mis expectativas cada vez son menores) y ahí me entero que se murió Pinter y esa noticia me entristece. 
 

jueves

compras navideñas 1

Esta es la primera navidad de Pipi, la primera que realmente espera, sabiendo de qué se trata. Supongo que por eso también será la más recordada. El año pasado era todavía muy chiquita y la tomó totalmente por sorpresa. Nosotros estábamos muy cansados. En verdad, no fue un festejo.
En cambio esta vez, mi hermana, abusando de sus influencias, consiguió a último momento alquilar un traje de Papá Noel que mi padre sudará estoicamente. Vendrán todos a casa, habrá comida y baile.
Hace unos días le pregunté a mi niña qué quería de regalo y me respondió con la lista de cosas que había recibido mi sobrina la navidad pasada: una tabla de Barbie, un teléfono de Barbie y agregó otras por su cuenta el dinosaurio de Toy Story, el chanchito de Chicken Little. Ahh, chucherías dije yo y me fui al tumultuoso barrio de eleven a comprarle a unos chinos todo lo que me llenara los ojos. Quiero aclarar que gran parte de mi esfuerzo como madre consiste últimamente en tratar de reducir el impacto de las princesas en la vida de mi niña (todos sus juguetes se dividen en princesas durmiendo y en príncipes besando, y lo que es peor, hace un año que no logro ponerle pantalones). En vez de un castillo conseguí una casita de muñecas plegable con sus mueblecitos y sus habitantes, una familia de plebeyos (se pliegan, son como play móbiles). También dos muñequitas para jugar y, claudiqué ante una carroza con un pegaso alado y una princesita. Por último, una varita mágica luminosa, una pelota, masa y un juego completo de baldes, palas y molinitos para jugar con arena y agua. Chucherías. Son todas cosas con las que me entusiasma jugar con ella. Volví a mi casa feliz. Escondí todo y a esperar.
Pero, siempre hay un pero. Hoy mi marido vino con que había visto una Barbie Mariposa, que para ser original no era tan cara (mentira, yo sé que es carísima) y que le gustaría regalársela. Ante mi negativa, me retrucó que él no le había comprado nada, que también era su hija y que era lo que ella más quería. ¿Es que no supe interpretar el deseo de mi hija? Me dejó sin palabras, en un estado de contradicción insalvable: no tengo derecho a pasar por encima de las ganas de un padre de hacer el regalo que más quiera, con el agregado jodido de que me hizo sentir una pichulera, que compra porquerías en vez buscar lo mejor para su hija. Y se fue porque llegaba tarde. 
Al rato no pude más y lo llamé al celular y le largué todo un speech sobre mis objeciones ideológicas sobre gastar esa plata en esa muñeca con toda la carga semántica que trae aparejada, y de la responsabilidad como padre y del rol de la mujer en la sociedad y... me largó la carcajada. Nos reímos los dos, es cierto, pero nos quedó una conversación pendiente.

miércoles

La de las fiestas es la peor época para escribir, dice él. Yo asiento pero no comparto, tanto. El calor, la desconcentración sí ya sé, la gente que te quiere ver, reunirse, comer, esas cosas. Ya compré los regalos, ya organicé la comida de navidad (mentira, vienen todos a casa y todavía no tengo idea qué voy a servir) y hasta trato de explicarle a pipi una vez más que, aunque venga papá noel, acá no nieva. La desconcentración me viene de antes. Este año publiqué mucho pero escribí poco. Otras exigencias. Falta de autoexigencia, dice él. En eso no comparto pero asiento. Tiene razón. No actualizo desde abril! y recién ahora estoy extrañando. Será cuestión de retomar.

miércoles

Y ahora cómo sigue?

Terminé la novela y me enfermé. Estoy en la cama. Mocos, tos perruna, dolor en todo el cuerpo. Seguramente voy a tener que reescribir bastante. Pero por ahora, sólo puedo pensar en curarme: descanso y tecitos con miel.
Primera vez que dono sangre. Según parece, alcancé la edad y el peso requeridos. Después de completar un cuestionario larguísimo donde preguntaban cosas como:
"ha usado ultimamente drogas ilegales por vía intravenosa": no
"ha pagado por sexo": nunca es gratis.
"se ha hecho tatuajes o perforaciones en la piel de manera poco segura": ¡espero que no!
Nos hicieron pasar a una habitación, luz de tubos fluorescentes y azulejos blancos. Ya me sentía enferma. Me toman la presión. 9,6. Es normal, les digo. Nos acomodan en unos sillones reclinables. Ya los quisiera en mi casa, tal vez con otro tapizado. La enfermera se acerca con una aguja gruesa como un caño. Mi brazo se ve finito en comparación. Me quejo. Respiro hondo. Me clava esa aguja de tejer en dos tiempos y después empieza a brotar la sangre, bien roja. Abrir y cerrar la mano al compás de la bomba que extrae.
Pregunto si es cierto que mi sangre vale doble. Como soy 0 - parece que le puedo donar a todos pero sólo puedo recibir de ese grupo y factor. A la enfermera se le abren los ojos, se entusiasma como un vampiro goloso. Lamento haber dado esa información durante la extracción. No me sobra tanta como para que me saquen demás. Mientras espero, así recostada toso delicadamente de costado y me hago la película. Ahora soy una heroína romántica y tuberculosa durante una sangría.

martes

la tele engorda

Hoy lo vi a Sawyer. Yo estaba esperando el colectivo y él venía caminando y cruzó por el medio de la calle en diagonal hacia mí. La verdad es que me decepcionó un poco. Era Sawyer pero sin el glamour de la tele. Tenía el mismo pelo lacio, rubio y grasoso peinado con raya al medio. Tenía la barba dura y renegrida de un par de días. Tenía la misma camisa de jean. Hasta el mismo físico. El problema es que la realidad de Montevideo y Sarmiento le había sacado todo el sex-apeal. Lejos de ser el superchongo sensible y rudo que me encanta en la serie; en persona, hasta me dio un poco de asquito.

viernes

pregunta

¿Cómo hacen en Mc Donalds para que les salga grasosa una ensalada de lechuga?

miércoles

felices fiestas

Se terminó el año y yo todavía me siento en octubre. Si sigo así, el espíritu navideño me va a llegar para abril.

martes

pichín

Tengo que hacerme unos análisis: el famoso sangre y orina. El horario de atención es bastante corto y yo a la mañana tan temprano no funciono del todo bien: el día empezó mal. A las apuradas cargo en la cartera las órdenes, el tarrito, un pañal de la niña, pañuelos, los documentos del auto, llaves, dinero, agenda y subimos al auto con la niña disfrazada con la ropa del acto de fin de año, incluido el arreglo floral en la cabeza. Llego al laboratorio y veo que mi cartera está sospechosamente goteando. Lo miro y no lo puedo creer. No atino a nada. Bajo como puedo del auto. La niña baja con un globo rojo enorme. Vamos corriendo porque si no voy a tener que volver otro día. En la recepción, un chico muy simpático me dice que saque un número y espere. Me acomodo en un asiento y saco todo de mi cartera. Un asco. Las órdenes se me empaparon. Uso el pañal de Pierina para ver si absorbe todo. Estoy abandonada al asco. El chico simpático ve a mi hija jugar con el globo, se enternece y me dice: sacale una foto, ¿no tenés celular? Le digo que mi celular es del siglo pasado mientras seco la agenda con una carilina. Sigo tratando de secar el líquido de mi cartera y que no se note tanto el enchastre. Recuerdo las propagandas de pañales y su poder de absorción, no lo compruebo del todo. En la sala de espera, hay antes que yo una madre con un bebé que tendrá como mucho un mes. Lo miro bien y me parece que tiene cara de contador. Me deprime un poco ese pensamiento.
124, dice el chico simpático.
Me levanto para que me atienda. Cuando le doy las órdenes me mira y me dice: "¿no será pichín, esto? Acá se ve cada cosa...
Nooooo, le digo yo muerta de vergüenza y le echo la culpa a Pierina. Me hacen pasar a otra sala donde una enfermera muy malhumorada me mira y me dice: esto está todo mojado de pis.
Yo no le puedo mentir y me doy cuenta de que es un error. Esa mujer es la que me va a pinchar el brazo y está claro de que eso la predispuso muy mal. Pierina corre y tira el globo por todo el salón y tengo miedo de que se manche con algo contaminante. Entramos en un cubículo diminuto. Trato de distraer a mi niña mostrándole cómo me atan el brazo pero no quiero que se asuste al ver cuando me pinchan o cuando sacan la sangre. A ella, el procedimiento la entretiene. Ya está. Pero, acá viene la complicación. La enfermera me dice: tenías que traer dos muestras de orina. Pienso en la anegación que hubiera sido dos tarritos de pis volcados en mi cartera, pienso en que si son dos tarritos, serían el primer y segundo pis de la mañana, ¿servirán lo mismo? No se lo pregunto porque le veo en la cara que ya terminó su cuota de cordialidad para conmigo. Me voy sabiendo que mañana tengo que volver a enfrentar al chico simpático con la humillación de saber que sabe que le mentí y que estuvo en contacto con mi pis. Esta vez espero cerrarlo mejor.

viernes

Hace unos meses me preguntaron en una entrevista qué suponía se podía esperar de la gestión cultural (y específicamente teatral) del próximo gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Yo respondí esto.
Todavía no asumió el nuevo jefe de gobierno y siento que me equivoqué, casi que pequé de optimista. No tuve en cuenta la torpeza política que Macri y su equipo demostraron y menos aun consideré que fuera posible tamaño grado de estrechez mental como para considerar a la inversión en cultura como un gasto. Esa forma de evaluar en términos comerciales neoliberales los resultados de una gestión cultural (al punto de manejarse con caprichos como el de cerrar un canal de televisión porque no les gusta) me resulta criminal. Creo que a las gestiones pasadas les faltó hacer un montón de cosas pero no por eso hay que destruir lo que sí venían desarrollando y bien que lo hacían. Parece que esta gente no sabe que aquello que se suele englobar en el amplísimo término de "cultura" genera lazos, comunidad y un sentimiento de pertenencia que se identifica como ciudadanía. ¿Cómo se les ocurre, entonces, que "va a estar bueno Buenos Aires"?

martes

la venganza de las señoritas

Se viene fin de año y en el jardín de Pipi están preparando el acto que va a ser en un teatro y con entrada. ¿La nena no tiene dos años? Sí. En fin...
El jueves pasado me mandaron el instructivo para hacerle el disfraz, con la aclaración de que tenía que estar listo para el lunes. Tobilleras y muñequeras de papel de colores. Bien. Manos a la obra. Primer contratiempo: llegué tarde y se acabó el papel metalizado en todo el barrio. Hay mamás más previsoras que yo. Fin de semana, andá a encontrar una librería abierta. No puedo permitir que la niña sea la única sin sus muñequeras. Llanto, fracaso, frustración. Mi marido llamándome desde Easy con dudas sobre la consigna: si es papel plateado, ¿cómo puede ser de colores? No, dejá. Ya veremos. Lunes por la mañana (despertador incluído), se subió al auto y buscó hasta consiguir el bendito papel de regalo liso, metalizado y de colores (no confundir con el papel glasé porque ese es opaco por detrás y no brillante). Genio.
Me puse manos a la obra. Cortar, pegar, medir, coser. (¿a qué perverso ente del mal puede ocurrírsele la prometeica tarea de coser papel brillante?) Después de cuatro horas reales por reloj terminé mi labor, enceguecida por los destellos de los hologramas del papel metalizado. Orgullosa, se las mostré a la directora del jardín que me dijo: "bueno, ya que aprendiste a hacerlas, tené unas de repuesto porque ésas son para ensayar. No llegan sanas al acto."
Nuevamente saboreando el sin sentido volví a casa con la certeza de ser parte de una economía perversa. El trato sería así: yo me haré cargo de tus hijos siempre y cuando vos aceptes realizar una serie de tareas inútiles pero trabajosas con que ocupar el tiempo libre que te estoy regalando.
Ahora me pidieron un arreglo floral para la cabeza. Me parece que se lo voy a pedir a mi mamá.

brutos

Si esta es la idea que estos muchachos tienen de la cultura, mamma mia.

sábado

acá va la crónica de la defensa de la tesis

Ustedes lo pidieron, acá va la crónica. Viernes a las tres de la tarde. Afuera, el diluvio universal. Yo estaba bastante nerviosa. Me había peinado por horas con el secador y productitos, algo inútil absolutamente porque ni bien salí del baño tenía tanto frizz que parecía que un cordero dormía la siesta en mi cabeza. Llegué empapada de pies a cabeza y me econtré con que todavía no había nadie. Después aparecieron los jurados, mis amigos y mi mamá. Me dejaron el escritorio y leí con voz medio ñoña el texto que pongo al final. Estaba nerviosa. Sólo podía pensar en que no se notara que se me movía un dedo. Después vinieron las preguntas. Todo muy polite, muy amigable. Es bárbaro cuando te dicen cosas lindas sobre tu trabajo. Yo, agrandada. Después se reunieron para deliberar. Y al rato, el veredicto. La situación no dejaba de tener algo de ridículo, casi como si de verdad les importara todo eso. Me recomendaron la publicación. (By the way, ¿saben de una editorial amiga que pueda interesarse en una tesis de maestría sobre dramaturgos en la década del noventa?, la casa de altos estudios no se responsabiliza por sus recomendaciones) Después, saludos y besos y agradecimientos y nos fuimos con mi corderito a tomar algo por ahí.
Defensa de la Tesis de Maestría en Sociología de la Cultura
El lugar de la disolución. Lo joven y la tradición en el primer Caraja-ji

Antes de empezar quiero agradecer a los presentes el estar hoy aquí, a Cecilia Hidalgo su labor como tutora (con alegría y soltura siempre tuvo palabras de aliento para mí), a los jurados por haber aceptado constituirse como tales, sin duda un honor para mí, y por supuesto a mi marido que me bancó en todos y cada uno de los vaivenes de la realización de esta tesis.
No todos me conocen, voy a empezar presentándome. Mi carrera de grado fue la licenciatura en Letras, aunque siempre me interesaron los desafíos que traía el teatro como campo de investigación. Diciembre del 2001 no resultó ser el mejor momento para terminar la carrera, por lo menos no fue uno demasiado alentador. Mucha indeterminación. Sin embargo, fue precisamente en ese tiempo que me convocó la dirección del teatro Payró con la propuesta de escribir un libro conmemorativo de sus cincuenta años. La editorial EMECÉ publicó en el 2003 el resultado de esa, mi primera investigación. Aprendí mucho con esa experiencia: aprendí a trabajar con materiales provenientes de diferentes campos y también aprendí a que podía y quería escribir.
A la hora de pensar una maestría, me decidí por Sociología de la Cultura. Me interesaba la perspectiva interdisciplinaria que proponía. Los seminarios que más afines me resultaron fueron los tendientes a pensar objetos y prácticas culturales, a delimitar casos y a encontrar la relevancia de los mismos en su contexto. Pude profundizar algunas lecturas, incorporar otras nuevas, corroborar ciertos recelos con respecto a la teoría y explorar terrenos hasta entonces desconocidos para mí. Escribí monografías sobre temas y autores tan diversos como: el tarot, lecturas de El Matadero de Esteban Echeverría, una argumentación a favor de Carlo Ginzburg (como si eso fuera necesario), la tragedia de Cromagnón, Benjamin, etc., etc., etc. Promediando el segundo año de cursada, ya estuve más encaminada en cuanto a cuál sería mi tema de tesis. Iba a escribir sobre el Caraja-ji.
Desde el vamos me interesó la posibilidad de trabajar sobre un caso tan particular que me permitía una doble articulación: por un lado podía dar cuenta de un momento específico, puntual e irrepetible (situarme en un año casi como en un escenario para analizar las tensiones que allí se estaban desarrollando) y al mismo tiempo, podía ensayar una forma novedosa de leer textos dramáticos.

La tesis

Lo primero fue situarme en una coordenada bien precisa: el panorama teatral de Buenos Aires en 1996. Mi tarea se centraba en indagar las características y complejidades de uno de los grupos de dramaturgos, a mi entender, más interesantes surgidos en la década del ‘90: el Caraja-ji. Mi fuente principal consistió en buscar y entrevistar a sus ocho ex-integrantes: Carmen Arrieta, Alejandro Tantanián, Rafael Spregelburd, Alejandro Robino, Javier Daulte, Alejandro Zingman, Jorge Leyes e Ignacio Apolo. No siempre fue sencillo ubicarlos. Si bien todos continuaron ligados al teatro y la dramaturgia, los recorridos personales fueron bastante dispares. También recopilé lo escrito y publicado tanto en la prensa del momento como en revistas especializadas. Discutir las lecturas que se han hecho del grupo y su producción se convirtió para mí en un gran desafío. Por ejemplo, rastrear cómo se leyó algo tan magmático e inesperado como fue la irrupción de estos dramaturgos en ese preciso momento. En mi investigación traté de responder a las preguntas: ¿Cómo ingresaron los Caraja-ji al circuito teatral? ¿Cómo fue el pasaje de “joven dramaturgo” a autores consagrados? ¿Qué le aportaron estos escritores a la dramaturgia de los años noventa? No es vano repetir la importancia que tuvo el surgimiento de este grupo para la vitalidad del campo teatral porteño.
El otro gran desafío de mi investigación tenía que ver con las obras del Caraja-ji. ¿Cómo leer los textos que produjeron? Las publicaciones del grupo fueron mi fuente principal. Mi punto de partida fue la observación de que todos los textos del Caraja-ji abrevaban en discursos distintos a la tradición teatral que los precedía. Es por eso que se podían establecer referencias intertextuales con el cine, la televisión y géneros como el policial, el bildungsroman, la novela de aventuras o el rock. De esta manera, me propuse leer las obras desde una perspectiva más amplia, dejando de lado las explicaciones teóricas y metodológicas más tradicionales de la crítica teatral en Buenos Aires. Las referencias se fueron ampliando a otros géneros y soportes, fui acumulando citas a películas, novelas, canciones, etc. Algunas relaciones intertextuales parecían tan obvias como innegables, otras se desprendían de asociaciones más osadas pero siempre buscando alguna apoyatura en lo textual que las justificara.

La historia: Qué fue Caraja-ji

La cita había sido pautada para un martes por la mañana. Estaba terminando el mes de marzo de 1995. Los dramaturgos convocados por el teatro San Martín –la mayoría no se conocían ni de nombre– fueron llegando de a poco. Se reunieron en el hall de la sala Martín Coronado del teatro San Martín donde Roberto Cossa y Bernardo Carey comenzaron a explicar qué se esperaba de ellos. Nadie tenía demasiado en claro cómo se había hecho la selección ni por qué los habían convocado.
Carmen Arrieta, Ignacio Apolo y Alejandro Tantanián habían sido compañeros en la entonces flamante carrera de Dramaturgia de la Escuela Municipal de Arte Dramático y por lo tanto habían sido alumnos de Roberto Perinelli y de Mauricio Kartun. También Rafael Spregelburd había asistido al taller de Kartun algunos años antes.
A otros, el contacto les llegó a través de Roberto Cossa que había coordinado una experiencia de taller anterior. Fue el caso de Alejandro Robino y de Alejandro Zingman.
Este último y Jorge Leyes eran, además, egresados de la carrera de Actuación de EMAD donde habían participado de un taller de dramaturgia también con Kartun. Por último, Javier Daulte formaba parte de la dirección del teatro Payró y había estudiado dramaturgia con Ricardo Monti. Muchos de ellos habían recibido algún que otro premio y habían estrenado (o estaban en trance de hacerlo) alguna obra. Mauricio Kartun recuerda que: “Yo no tuve decisión en esta elección, pero te diría que eran nombres cantados.”
La institución que convocaba, el entonces Teatro Municipal General San Martín, no estaba en su mejor momento. Venía haciéndole frente a los embates de una grave crisis presupuestaria. Juan Carlos Gené había llegado a la dirección del teatro San Martín con un amplio apoyo inicial producto de su larga y reconocida trayectoria. Sin embargo, su gestión estuvo signada por los conflictos. Gené se había propuesto seguir el modelo de los grandes teatros dirigidos por “directores de prestigio artístico”, o sea imprimirle algo más que su sello personal y profesional a la programación. Sin embargo, esta actitud “personalista” fue rápidamente cuestionada en el ambiente. Sostener y consolidar el trabajo de Perinelli en la dirección de la Comedia Juvenil fue uno de los objetivos que el flamante director se había propuesto con más ahínco. Algo que se volvería un arma de doble filo porque desató uno de los conflictos más violentos por los que tuvo que atravesar la administración de Gené. El razonamiento fue más o menos así: si los actores jóvenes tienen problemas para interpretar papeles “adultos”, una forma de solucionarlo sería convocar a dramaturgos jóvenes a que escriban obras afines en temática y estética.

Un taller de dramaturgia

Esa soleada mañana de marzo, Roberto Cossa y Bernardo Carey explicaron a los convocados las premisas del taller. Comenzarían a reunirse en abril y deberían entregar las obras terminadas en octubre de ese mismo año. El teatro no se comprometía a producir esas obras. Algo que instalaba un matiz velado de “competencia” entre los participantes. Daulte afirma que “todas las demás premisas eran aceptables, eran casi del sentido común. Un grupo para trabajar, tratar de redactar obras para una cantidad importante de personajes. Es lo único que tienen en común las obras de ese período.” Pero devino el conflicto.
Mauricio Kartun entiende que hubo un error básico en la convocatoria que hizo eclosión ni bien comenzó a funcionar el taller: “El malentendido trágico –en el sentido literal, porque no tenía solución– era que las obras que se iban a generar no se correspondían con las necesidades de ese medio. Se seguía pensando: “El San Martín necesita obras que...” y acá va toda la lista de lo que, en aquel momento y ahora, reclaman las estéticas oficiales. Esa fue la gran crisis, el teatro que ellos producían no se correspondía con los modelos del teatro San Martín.”
Demás está decir que la relación entre los convocados y los coordinadores fue tensa desde el comienzo. Había un profundo desacuerdo ideológico y estético. Y ni bien comenzaron a trabajar ambos se hicieron patentes. Por ejemplo, Rafael Spregelburd recuerda que: “Cuando preguntamos ingenuamente qué es una obra joven, que era el trabajo que teníamos que hacer, nos respondieron “una obra joven es una obra cuyos personajes son jóvenes”. Errores que tienen que ver con malas interpretaciones de cuestiones técnicas. Incluso, hasta el punto tal que creíamos estar hablando de lo mismo y no. No se podía empezar a hablar.”
Uno de los mayores problemas del taller, según sus participantes, fue el ruido que hacía la distancia generacional para la comunicación con los coordinadores. Por ejemplo, Jorge Leyes recuerda que: “No en vano los conflictos estallaban en las voces de Tito Cossa que era el mayor y de Rafael que era el menor. Los otros permanecíamos un poco en silencio pero rara vez alguien no estaba de acuerdo con lo que proponía Rafael. Él estaba en sintonía con lo que uno estaba pensando. Lo que pasa es que se brotaba antes.”
Sin duda, una de las grandes cuestiones era que los talleristas no compartían con los coordinadores una serie de presupuestos básicos y puntos de partida que estos expresaban en fórmulas y pasos a seguir. Según Javier Daulte: “Había diferencias artísticas, había diferencias discursivas, había diferencias con los coordinadores, se planteaban leyes dramatúrgicas con las que nosotros no estábamos de acuerdo y nosotros tendíamos a aplaudir y aceptar el riesgo en materiales que eran muy diferentes entre sí.” Y así surgió algo imprevisto: descubrieron la mirada de un par. Alejandro Tantanián lo explica así: “Si bien eran materiales absolutamente divergentes. Somos muy diferentes como autores, ya lo éramos en aquella época, pero teníamos una cosa de mucha defensa de la otra voz. Yo creo que lo que los mareaba era que no había una cohesión en el discurso. Nosotros podíamos defender una cosa que no nos era afín. Eso era muy raro para ellos.”
Había una gran diferencia de temas y de estilos en los materiales a trabajar: el recuerdo de un grupo de amigos de la secundaria, las vicisitudes de la resistencia checa en el nazismo, tres hermanas y sus juegos macabros, las disyuntivas de jóvenes revolucionarios, un caso policial cordobés, un milagro en un lavadero, cementerios en llamas y unas chicas de Barrio Norte ansiosas por salir a bailar. Así como también la cantidad y variedad de procedimientos para contar estas historias: aceleración del tiempo, recursividad, repetición y otros tantos recursos que rompen la ilusión realista.
A los dos meses de sostener el trabajo con dificultades y alto grado de conflicto, desde la dirección del teatro se pide leer los materiales. Fue algo imprevisto porque no respetaba los tiempos ni las posibilidades reales de evaluación. Objetivamente, los materiales no estaban terminados. Y al martes siguiente, la devolución. La decisión de la dirección del teatro fue terminante: disolver el taller. Alejandro Robino lo cuenta así: “En junio, a los pocos meses nos dicen que tenemos que mostrar lo que estamos haciendo. Nosotros dijimos: “es como tener camisa, corbata y calzoncillos”. “No se preocupen –nos dijeron­– simplemente es para saber cómo es la tarea.” Mostramos lo que habíamos hecho. Nos echaron.”
Tan sencillo como esto: Los materiales no resultaban acordes a lo que el teatro San Martín estaba buscando. Según la dirección, los textos carecían de “humor, pasión y ternura”, tres aspectos que resumirían la norma estética propuesta por la dirección del teatro San Martín. La descalificación institucional sobre algo tan magmático como es el proceso de escritura de una obra resultó una carga pesada y difícil de manejar. No sabían muy bien qué hacer. El San Martín que los había reunido, ahora los expulsaba. Se cerraba una puerta.
La primera cuestión resultó, entonces, en la decisión de terminar el trabajo. Javier Daulte ofreció el marco del teatro Payró como espacio físico para los encuentros. El dónde estaba resuelto pero surgió la pregunta por el cómo, ¿quién los coordinaría? Daulte recuerda que: “Empezamos a pensar nombres que nos interesaban a todos. Kartun, Monti, Gambaro, Pavlovsky. Nos costó mucho decir ¿y si lo hacemos sin coordinación? Eso era muy osado.” Resultaba muy novedoso que estos ocho dramaturgos pudieran prescindir de un “otro” superior y funcionar como taller entre pares, generando y sosteniendo lazos horizontales.
Junto con el objetivo de terminar las obras surgió la posibilidad de publicarlas. El Centro Cultural Ricardo Rojas, dirigido en aquel entonces por Darío Lopérfido, tomó conocimiento de lo ocurrido en el teatro San Martín y les propuso editar las obras. Rafael Spregelburd es muy crítico frente al lugar en que quedaron a partir de lo sucedido: “Nosotros empezábamos a tener sentido como bloque en tanto rechazados y era un lugar bastante flaco. Si bastante mal está el teatro oficial, pues menudo favor te hacen en decir “éste es aquel al que el teatro oficial rechaza”. Y qué venís a ser, ¿el rey de la marginalidad?”
Sin duda, desde que el hecho cobró dominio público, algo de eso sucedió. A partir de entonces encontramos grandes exageraciones e interpretaciones desmedidas tratando de leer las implicancias de una convocatoria fallida.

Nace el Caraja-ji

Durante meses siguieron reuniéndose en el Payró. A principios de 1996, las obras estaban casi terminadas y se aproximaba la perspectiva de publicación. Era hora de darse a conocer, tenían que buscar un nombre. ¿Qué mejor manera de dejar en claro aquello que eran? Esa suma de individualidades, el grupo era la suma de sus partes. Desde el nombre se propusieron señalar las diferencias. Con el libro publicado había nacido el Caraja-ji.
El surgimiento público del Caraja-ji desencadenó todo tipo de simplificaciones y exageraciones. La mayoría de los integrantes recuerda lo incómodo que les resultaba el lugar en que los ubicaban. Es cierto que fueron una novedad absoluta para la prensa y la crítica: ocho autores teatrales jóvenes, talentosos y aguerridos irrumpiendo juntos en la escena cuando parecía que la figura del dramaturgo era algo tan extinto como los dinosaurios. Ayudaba también el perfil combativo y de niños terribles que habían desarrollado a partir de la misma experiencia de expulsión del teatro San Martín.
Aunque en diferente grado y magnitud, el paso por el Caraja-ji fue una experiencia transformadora para todos sus integrantes. En los dos años que duró el taller, muchos de ellos recibieron premios, alcanzaron cierto grado de consagración en la escena local y hasta tuvieron una proyección internacional. Aunque la decisión de disolver el taller fue acordada y celebrada por todos los integrantes, sin embargo, años después algunos de ellos volvieron a trabajar juntos.
El Caraja-ji, mal que les pese, ocupó un lugar incómodo, singular e ineludible. Además, no fue algo tan improvisado como pretendían hacernos creer. Como grupo, tuvieron una clara estrategia hacia adentro y otra hacia afuera. Hacia afuera, se instalaron en el concepto de la “disolución”, marca de la época con la caída de las ideologías y los embates de la posmodernidad pero también habilidad para lidiar con los encasillamientos apresurados de la prensa y la crítica ante algo que se presentaba tan novedoso como sin precedentes. Hacia adentro, lograron sostener durante el tiempo que duró el taller un espacio horizontal de compromiso y trabajo que generó lazos y vínculos que trascendieron al grupo.

Algunas conclusiones

Al comenzar mi investigación me proponía indagar sobre tres aspectos en particular: reconstruir la historia del grupo Caraja-ji; describir las peculiaridades de la conformación del campo teatral en la década del ’90; y proponer una lectura de las obras producidas por el grupo a partir de instalarlas en nuevas series.
El gran desafío crítico para mí resultó de contextualizar un producto estético en un lugar y tiempo determinados: el conjunto de obras del Caraja-ji en la Buenos Aires de la década del noventa. Debía encontrar una forma que me permitiera leerlos y otorgarles un justo valor. Por eso, tan importante como contar la historia, que en algún punto me parecía anecdótica, me resultó el trabajo con los textos producidos en ese marco. Para el análisis de las obras me propuse, entre otras cosas, dar cuenta de cómo todos y cada uno de los dramaturgos del Caraja-ji reflexionaron sobre el motivo de “lo joven”. Se los ubicó como “niños terribles”, se los catalogó como “jóvenes escritores” y sin duda estas categorías estuvieron presentes en las obras y dejaron sus marcas. Ya sea como relato de iniciación, como resignificación del parricidio, como pregunta existencial, como disidencia, como algo imposible, como regeneración, como salida al mundo o como consumo: Lo joven da cohesión a este primer grupo de obras y permite leerlas en consonancia.
El otro aspecto que me interesaba registrar era cómo los Caraja-ji leyeron los años ‘90 y aquí encontré relecturas del teatro político, la tematización de las consecuencias de la apatía y falta de compromiso en la política, la catástrofe como escenario, la expulsión y el exilio como única salida.
Esto último es particularmente interesante, dado que se suele catalogar la producción de estos autores como totalmente ajena a la actualidad que las contiene.
Pasaron más de diez años desde que el teatro San Martín lanzara su convocatoria, sin embargo el Caraja-ji sigue, aun hoy, generando sentido y equívocos por igual. Parece imposible referirse a cualquiera de sus integrantes y no aclarar su paso por el grupo. Se habla mucho del Caraja-ji, se lo cita como referencia obligada para pensar la dramaturgia argentina en la década del ’90 aunque muchas veces cabe sospechar que no se sabe a ciencia cierta en qué consistió realmente. Espero con este trabajo enmendar esa falta. Traté de dar cuenta de la singularidad del caso. Una época que no era especialmente proclive a las formaciones grupales, una época donde las instituciones se desestabilizaron y dejaron de funcionar como históricamente lo habían hecho dio lugar a algo tan raro como un grupo de dramaturgos. Más extraño aun, si pensamos que el escritor es por definición un ser solitario.
Considero que la importancia del Caraja-ji radica en haberle dado visibilidad a un fenómeno que lentamente se venía desarrollando en el teatro porteño. En los años del menemismo, el país estaba cambiando y el campo teatral no era ajeno a ello. En el período que comienza con la vuelta a la democracia y la última edición de Teatro Abierto, la figura del autor dramático había sido dejada de lado para dar espacio a la experimentación, las dramaturgias de actor y de director estaban a la orden del día. El comienzo fue una historia fallida, la convocatoria del Teatro San Martín, pero lo que surgió después superó ampliamente el desdichado origen.
¿Cómo pensar la dramaturgia de Federico León o la de Mariano Pensotti o la de Mariana Chaud y los nombres podrían seguir, sin referirse al Caraja-ji? Al contar la historia y trabajar con estos textos encuentro un profundo acuerdo entre el surgimiento del Caraja-ji y el teatro que se desarrollaría contemporánea y posteriormente, un teatro que rompe con la tradición que le precede y, como traté de probar en mi investigación, se permite establecer relaciones con otras series no teatrales. Esta historia permitió que en uno de los momentos menos propicios surgiera un grupo de pares: un “nosotros” conflictivo, inestable, pero “nosotros” al fin. El Caraja-ji puede pensarse como un corte: una forma de escribir y producir teatro deja, no sin conflicto, lugar a otra. Sin duda, es el principio de algo.

viernes

master of the universe

Este viernes 12 de octubre me toca finalmente la defensa de la tesis de maestría. La cita es en la sede del IDAES, Paraná 145 5º piso a las 15 hs.
Están todos invitados.

jueves

primavera y novedades

En el jardín, las seños se la pasan pegando flores de goma eva, un invento propiamente del demonio. Sí, Pipi finalmente se curó de todas sus pestes y reincidimos. El tema es que me parece que son demasiados pibes en la salita. Eso me preocupa. No sé si son mis temores de madre primeriza pero siento que en vez de al jardín la estoy llevando a un curso de defensa personal. Yo trato de enseñarle a que esquive los golpes y que, en todo caso, sea ella la que surta. Lo que me deja tranquila es que mi niña es de las más altas y con el carácter que tiene, no la van a pasar por arriba así nomás.
Tengo otras novedades. La primera es que me puse un piercing. Sí, a esta edad! No se puede creer. ¿Será que me agarró un ataque primaveral de pendevieja? Fue este domingo. Como todavía Nico estaba de viaje, fui a comer a lo de mis papás. Estaban todos mis sobrinos y después cayeron mis hermanas y mi cuñado. Mi hermana menor había alquilado unas películas (el videoclub de ella es una gloria). Pusieron Duro de matar 4 pero por esas cosas de la piratería la película estaba doblada al ruso. Era muy gracioso escuchar a Bruce Willis decir algo así como "spaciva" mientras luchaba contra los hackers. Después llegó Cristo, un amigo de mi hermana, que se dedica profesionalmente a tatuajes y piercings. Me convencieron entre mi hermana y su sobrina. Cada una se agujereó una parte de su cuerpo y yo no podía quedar de oyente. Igual, me queda bonito y no dolió (¿debería haber dolido para que sea genuino?).
La última novedad es que ya tengo fecha para defender la tesis. Va a ser el 12 de octubre. Así que si todo sale bien, el próximo día de la raza voy a terminar de una vez por todas con la bendita maestría.

adiós a la freidora

El lunes pasado mi marido se apareció con una notebook de regalo. Me mató de amor. Toda una sorpresa. Así que finalmente cambié la freidora en la que escribía por una que hace ruidito a presurización de avión.