jueves

el día que Perla voló (cont. de la cont.)

Acá me advierten que más vale que esté bueno lo de la perra voladora porque esto ya se está extendiendo demasiado y todavía no conté nada. Bueno, la cosa fue más o menos así. Era la primera vez que me iba de vacaciones con Clarita y pensé, me juré y después no cumplí, que iba a ser la última.
Salimos el primero de enero para disfrutar de toda la quincena en Pinamar sin escamotearle nada a las vacaciones. En el asiento de adelante iban Antonio, el padre de Clarita y Clarita, mi amiga del colegio. En el asiento de atrás íbamos María, o sea yo, y Perla, la perra más fea y mala del mundo. Que iba en el asiento es un decir porque ni bien la subieron al auto empezó a aullar y a correr desesperada. Se golpeaba la cabeza contra la luneta trasera y volvía, arañaba el tapizado con las uñas, se caía y mordisqueaba la alfombrita, gruñía y empezaba otra vez contra la ventanilla. Yo me había acostado muy tarde la noche anterior, no estaba con ánimos de soportar semejante tortura. Empecé a fantasear con que en uno de los golpes se hiciera un daño cerebral irreversible y quedara en coma. Eso no pasó.
Saltaba, se retorcía, olisqueaba mi mochila y hasta amagó con pillarla. Ahí me puse firme y le pegué una patada corta pero contundente en el morro. No se volvió a meter con mis cosas. Quiero aclarar que ese viaje no fue en un auto moderno y por autopista donde estás en Pinamar al toque. Era la vieja ruta 2 en una batata que se recalentaba y había que parar a cada rato. El viaje duró una eternidad o más. Yo ya estaba aturdida y de mal humor antes de pasar por el parque Pereira Iraola. Hacía un calor insoportable, el aire acondicionado era un invento del futuro y lo peor de todo es que no me dejaban bajar la ventanilla por miedo a que, escuchen bien, Perlita se cayera.
Usando el final de amabilidad que me quedaba pregunté porqué no habían dopado al Critter. Antonio me contestó que sin un sedante no la hubieran podido meter en el auto, que tuvieron viajes peores. Lo odié, odié mi vida, pero sobre todo odié a esa perra horrible y los efectos paradojales de los tranquilizantes. Cuando tuve oportunidad, de bronca, le dí otra patadita. Ella me mordisqueó el talón.
Bastó que llegáramos a Pinamar para que la perra se quedara planchada. Clarita la subió como un bebé en brazos al departamento y yo tuve que lidiar con todos los bolsos. Era una mudanza y a mí me tocó hacerla. El papá de Clarita había tenido un accidente cerebro-vascular que le dificultaba un poco la dicción y la movilidad de la parte derecha del cuerpo. Los labios gruesos se le habían torcido levemente, cuando hablaba masticaba las palabras antes de escupirlas. Tenía una voz ronca, de fumador de puros, y un abdomen abultado pero firme como si se hubiera escondido una pelota de básquet debajo de la remera. También me llamaba la atención su pelo blanco, finito y rebelde que se erizaba por sobre la herradura de su pelada. Al caminar, anteponía la mano enferma y eso le daba un aspecto levemente simiesco.
Hice por lo menos cuatro viajes hasta el ascensor para terminar de vaciar el auto de las porquerías que habían llevado. Antonio me daba indicaciones. Esas vacaciones habían empezado para atrás.
Se estaba haciendo de noche. Yo quería pegarme un baño y salir a dar una vuelta. En cambio, me encontré con que tenía que ayudar a Clarita a limpiar el departamento. Vacío hacía un año, tenía olor a humedad, arena e insectos de todo tipo.
No sólo me mandaron a repasar la cocina sino que además me tuve que aguantar las cargadas de Clarita. La muy turra me gastaba por cómo limpiaba la heladera. Respiré hondo tres veces antes de mandarla a la mierda. ¿Qué tiene? En casa siempre hubo mucama, pensé y como un rosario se me aparecieron los nombres: la Señora Bernarda, Manuela, Nélida (que nos corría con la dentadura postiza), Irene, Luisa y Poquita vida. Y se lo dije: En mi casa siempre hubo mucama, nena. Como me seguía gastando, le apunté con el trapo rejilla a la cara. Fallé. Me devolvió la gentileza pero ella sí acertó el tiro. Me dio de lleno en el pecho. Eso le dió más risa. Yo también me reí.
Para cuando estábamos terminando, la perra se despertó hecha una furia. Había que sacarla a pasear. Salir por el centro de Pinamar acompañada por la perra endemoniada y el papá de Clarita (que ya se había calzado las bermudas y el gorrito de piluso) era una jugada temeraria. Saltar de un piso trece no me hubiera dado tanto vértigo como la perspectiva que se me ofrecía: la completa aniquilación de toda vida social por el resto de las vacaciones. Tenía terror de encontrarme con alguien conocido y más terror aun de que los chicos lindos que esperaba conocer se alejaran para siempre al vernos del brazo de Krusty el payaso paseando a Cujo. Mis hormonas estaban en ebullición, era verano, necesitaba interactuar con chicos.
Resignación y helado en Freddo.
A la mañana siguiente, la voz cascada de Antonio, levemente grosera y cavernosa, nos instó a preparar los sanguchitos para ir a la playa. La cuestión de la comida se decidió ese día y para siempre: al mediodía cada uno tendría su ración de dos sanguchitos de pan lactal cortados en triangulitos, fiambre, lechuga, tomate y mayonesa. A la noche, cocinaría Clarita. Esa rutina fue inconmovible, las variaciones no estaban previstas en ese universo. Eso me resultaba super irritante.
Primero estacionar el auto, desplegar los cartones en el parabrisas para protegerlo del sol, abrir el baúl del auto y nuevamente la mudanza. Para disfrutar de un día de playa habían traído: la lunchera azul francia con la comida y un termo con jugo; el bolso rojo que Clarita usaba en el colegio cargado de libros, pantalla solar, sombrero, pareo, crucigramas, ojotas; dos reposeras plegables; sombrilla a lunares amarillos; palita; radio portátil y por supuesto, Perla ladrando.
Imposible no vernos bajar a la playa. Antonio, rengueando, escondía su pelada debajo de su sombrerito blanco, las bermudas calzadas a la cintura bordeaban todo el perímetro de su panza para bailar, libres, hasta la rodilla. Completaban el equipo las medias con sandalias franciscanas. Clarita tenía terror a broncearse y por eso bajaba completamente vestida a la playa: zapatillas, medias, jogging, remera larga y visera. Sólo cuando se metía al mar se quedaba en malla. Yo los seguía algunos pasos atrás. Elegían el lugar y dejaban las cosas desparramadas en la arena.
Antonio primero prendía la radio y después se arrodillaba y empezaba con la palita a hacer un pozo para clavar la sombrilla. La gente nos miraba, a veces se reía. La perra corría en círculos por donde estábamos nosotros y no paraba de gritarle a los que pasaban caminando. ¿Cómo mantener un perfil bajo y cierta dignidad con semejante cuadro?
Cuando, al otro día, ví aparecer a Antonio con el medio-mundo para pescar cornalitos en el muelle, tuve una revelación: ésas iban a ser las peores vacaciones de mi vida.

miércoles

spanglish

Directamente de los lagos de Michigan, el método más novedoso para aprender español:

1. Boy as n r = Voy a cenar = I'm gonna have a dinner
2. N L C John = en el sillon = on the armchair
3. Be a hope and son = viejo panzon = fat old man
4. Who and see to seek ago = Juancito se cagó = Little John is a
chickenshit.
5. S toy tree stone = estoy triston = I'm kind a sad.
6. Lost trap eat toss = los trapitos = the little rags
7. Desk can saw = descanso = (you) rest.
8. As say toon as = aceitunas = olives.
9. The head the star mall less stan dough = deje de estar molestando =
stop bugging me.
10.See eye = si hay = yes we have
11. T n s free o ? = tienes frío = are you cold?
12. T N S L P P B N T S O = Tienes el pipi bien tieso = you have an erection.
13. Tell o boy ah in cruise tar = Te lo voy a incrustar = I'm going to
insert it in you


Gracias Noe.

jueves

pichones II

Ya era de madrugada cuando salí del bar. Había trabajado toda la noche pero no estaba cansada. Era una mañana hermosa y no quería volver a casa. Para demorarla un poco más empecé a caminar. Las calles estaban vacías, no había ni una nube, yo estaba feliz.
Un chico se me acercó y me preguntó la hora. Yo le dije que no tenía reloj pero que era o muy temprano o muy tarde y le sonreí. Él dudó un momento y luego sacó un revólver. No es que lo sacó, más bien me lo mostró y me ordenó que le diera la mano.
Mientras caminábamos me dijo las cosas de rigor, que si me portaba bien no me iba a pasar nada, ese tipo de cosas. Yo trataba de pensar rápido pero no se me ocurría nada. Me llevó a una plaza donde habían muchos arbustos. Se ve que él conocía bien el lugar. Nos sentamos. Me pidió la plata que tenía. Yo no había guardado las propinas de la noche en la billetera, sino que las había metido así nomás en la cartera. Empecé a sacar los billetes hechos bollitos. La cosa venía mal. Cuando terminó de estirar la plata y de contarla, me mostró que la pistola tenía balas. Fue un ejercicio de poder, innecesario dadas las circunstancias pero en algún punto tranquilizador. Me quiso decir que podría haber disparado y todavía no lo hizo. Seguramente no había leído a Foucault pero lo entendía a la perfección.
Me pidió que me saque la ropa y se tendió en el piso para que se la chupara. Después me empezó a coger mientras me hacía preguntas como ¿dónde vivís?, ¿qué hacías sola por la calle?, ¿tenés novio?, ¿es famoso?, ¿cogés con él? Mentí todo lo que pude.
Le pedí que no me acabara adentro. Él aceptó pero me hizo chupársela un rato larguísimo, me agarraba de la nuca, me movía a su antojo. Yo dejaba hacer. Finalmente acabó. Un chorro de semen agrio me llenó la boca, quería que me lo trague pero se lo escupí en la panza. Tenía una cicatriz de apendicitis y era muy lampiño. Es lo único que me acuerdo de él. Si me lo cruzara por la calle, no lo reconocería. Era un chico, un hombre, como cualquiera, como cualquier hombre. Cerca nuestro habían unos pibes jugando a las escondidas, gritaban, se reían. Yo estaba paralizada. No iba a zafar, me iba a matar y esos tarados me iban a encontrar hecha un bollito en los arbustos. Pensé en mi papá y me dio vergüenza. Estaba desnuda, sucia, acobardada. No era manera para morir. No lo era. Pero ahí estaba. Me había puesto en esa situación y no encontraba salida.
El tipo se limpió y se vistió. Estiró los billetes que me había robado y me los dió. Quiso pagarme y así completar la humillación con mi propio dinero. Con la gente cerca se había puesto en guardia. Me felicitó por haberme portado bien y me dijo que me quede quieta, que no me mueva para nada y que no salga gritando "me violaron". Estaba tan atontada que recién ahí me cayó la ficha de que el tipo sabía perfectamente lo que me estaba haciendo. Me acababa de violar. Sin embargo, yo no lo sentía como una violación: ataque, golpes, violencia física. Esto me parecía en algún punto demasiado intelectual. Él se calzó el arma en el pantalón y salió corriendo como un cobarde. Supe que no me iba a matar pero tardé una hora antes de poder moverme. Tenía miedo. Me sentía culpable. Si me hubiera ido a mi casa en vez de estar pelotudeando por ahí, si no le hubiera sonreído, si no hubiera sido tan sumisa...
Salí como pude, me hice un buche con una coca-cola que compré en una estación de servicio y me fui a mi casa. No hice la denuncia. Tampoco les dije nada a mis viejos ni a mis amigas ni a nadie. Tenía la fantasía de que si no lo hablaba, iba a desaparecer. No quería quedar estigmatizada como "la violada". Grave error. Cuando no hacés lo que tenés que hacer, las cosas te vuelven y llegó un punto que más que terapia hubiera necesitado un exorcismo.
Me rapé la cabeza, suicidé todo rastro de femineidad en mí, pero fue en vano. La imagen en el espejo me repugnaba. Dejé de tener amigos varones. Empecé a sospechar en cada hombre a un violador y en algún punto a esperar que así fuera. Tuve un novio al que le hice tantas que si me ve venir, cruza la calle. Tuve otro y otros.
Empecé a tener miedo, a dejar que el miedo me limite, me domine, se convierta en mi ley. Salir a la calle me daba miedo. La intimidad con los otros me daba miedo. La soledad también. Sin embargo, no registraba cuánto me había reducido. Venía cada vez peor y nada podía evitarlo.
Un día tuve una epifanía que me rescató del miedo. Llegó de una forma bastante trivial pero tan contundente como innegable. Nunca me había tirado de un trampolín, nunca había estado en una pileta con trampolín. Cuando lo ví, algo de mi infancia se despertó. Primero el deseo y al mismo tiempo la negación. No era para mí. Todos se tiraron pero yo seguía sin probarlo. No quería reconocer que moría de ganas de saltar desde el más alto. Y lo hice. Sentí la resistencia de la tabla, el vaivén que me catapultó y el golpe frío al entrar en el agua. Ahí me dí cuenta de todo. Estaba viva.

lunes

el día que Perla voló (cont.)

Había prometido contar cómo fue que Perla, la perra más fea del mundo, se elevó por los aires y si no llegó al cielo fue porque, como recordarán, ya no era virgen.
Clarita era también amiga de los mellizos Amalia y Santiaguito Pombo. Amy se sentaba con Clarita cuando yo estaba enferma, es decir que era mi reemplazo en el colegio. Pero no salía con nosotras los fines de semana porque Amy siempre tuvo novio. De primero a quinto año, pasó sin solución de continuidad de un Bichi a un Bubi. Un Osi y una breve incursión en Cuchi-cuchi completan su prontuario amoroso juvenil. Amy ocupaba sus horas bautizando peluches y dibujando corazones enormes en su carpeta y hablando de lo lindos que iban a ser sus hijitos. Tenía una letra horrible pero se enojaba si se lo decías. En realidad, no soportaba ninguna crítica. Supe que se recibió de médica gastroenteróloga.
Clarita la quería mucho, yo (lo reconozco) apenas la toleraba. Me llevaba mucho mejor con su hermano mellizo que, sorprendentemente, no se le parecía en nada. Santiaguito era bastante chicato, petiso y se vestía siempre de negro. Increíble que un mismo útero haya gestado a un tiempo dos criaturas tan opuestas: una Barbie edulcorada y un new-romantic enano. Pero así fue, créanme. La mayor virtud de Santiaguito fue la de ser amigo del maravilloso Enrique Apostillas, el chico que nos gustaba a todas.
Enrique Apostillas era hermoso. Tenía una sonrisa que te dejaba idiota y un cuerpo estilizado y musculoso que hacía que el uniforme del colegio le quedara como el smoking a James Bond. Además le iba super bien en el colegio. Por otra parte, fue de los primeros en dejarse el pelo un poco más largo y se lo ataba con una colita, gesto rebelde que nos hacía suspirar de amor.
A pesar de la intensidad de nuestros sentimientos, sabíamos que estaba total y absolutamente afuera de nuestro alcance. Enrique Apostillas salía con la chica más linda del colegio. Después la dejó para salir con la más linda de la facultad. No fue tenista profesional porque le iba mejor como empresario. Hace poco me enteré que también se ganó la lotería. Seguro que en otra vida Enrique Apostillas fue Gandhi o algo así para merecer tanto.
A mí me gustó de entrada pero a Clarita no. Con ella fue diferente. Una vez, en un recreo, dos tarados le robaron la mochila y jugaban a pasársela. Ella tenía miedo de que la abrieran y descubrieran que tenía unos Siempre-libre nocturnos, extra extra extra grandes y una bombacha de repuesto. Clarita vivía sus menstruaciones de manera exagerada. Corría desesperada de un lado a otro y les gritaba para que le devolvieran sus cosas. Sentado en el fondo, Enrique Apostillas intercedió. Sin levantar la vista del banco donde estaba copiando un machete dijo en voz alta: "No jodan, che". Y así fue que nació el amor.
A partir de ese momento lo incorporamos a nuestras conversaciones. Con Clarita hablábamos de cine, de novelas, de gustos de helados y, también, de Enrique Apostillas. Por lo menos, durante las vacaciones que pasamos juntas en Pinamar. De una forma o de otra, siempre volvíamos al tema. Clarita aseguraba que si en Chamberlain hubiera habido un Enrique Apostillas y su "no jodan, che", Carrie no hubiera destruido la secundaria Ewen ni a todo el pueblo. Yo me permitía dudar un poco y así surgía el debate. Lo amábamos, lo deseábamos, soñábamos con él. Se podrán imaginar nuestra conmoción cuando nos enteramos que Enrique Apostillas estaba en Pinamar ese verano.

miércoles

El día que Perla voló

Quiero contar cómo fue el día que Perla voló. Pero para eso, primero tienen que saber quién es Clarita y cómo nos hicimos amigas. Sería bueno también que tuvieran en cuenta lo difícil que fue tanto para ella como para mí entrar en un colegio muy competitivo en primer año. Había que ser de reflejos rápidos, algo de lo que las dos carecíamos casi por completo.
De entrada no nos tuvimos especial simpatía, no, ni mucho menos. Ella era de las que no se habían avivado de darle dos vueltas a la kilt del uniforme para hacerla más cool, es decir, más corta. Es más, el primer recuerdo que tengo de ella fue cuando en una prueba de latín, el terror de los terrores, Clarita de tan nerviosa copió la fecha y también el nombre de su compañera de banco. El profesor de latín se hizo una fiesta, sádico como era, se burló de ella en frente de toda la clase. Desde ese momento, Clarita se convirtió en "la boluda que se copió hasta el apellido".
Su compañera de banco, un poco ofendida pero más temerosa de que la fama de Clarita le enchastrara sus aspiraciones de abanderada, la echó de su lado. Así fue que Clarita se vino a sentar conmigo.
Hacía poco que la mamá de Clarita había muerto. Su papá, que había amado desesperadamente a esa mujer, no sabía muy bien qué hacer con la adolescente despistada y preguntona que le quedó a cambio. Era así como Clarita vivía en un mundo de viejos. Su padre, sus tías y Perla, la perra más fea y mala que ví en mi vida.
A pesar de alternar entre un ambiente violento y hostil como era el de mi colegio y una casa fría y triste, Clarita era un ser extremadamente alegre. Yo, por mi parte, que no vivía nada parecido a su situación, me dedicaba full time a ser lo más desdichada posible. Y a veces, hasta lo conseguía.
Pero yo quería hablar de Perla. Nombre pretencioso y anticuado para una perra un poco más grande que una rata, de color grisáceo y uñas largas que hacían un ruido muy desagradable cuando chocaban con el piso de cerámica. Sin embargo, la característica fundamental de Perla era su ladrido. Estridente, constante, aturdidor.
Desde que tocabas el timbre de la casa de Clarita, ya se escuchaba venir al monstruo, golpear contra la puerta una y otra vez como si te fuera a comer. Daba impresión, parecía un animal enorme. Después, Clarita abría la puerta y la veías y no podías creer que algo tan chiquito fuera tan quilombero. Ahí, cuando bajabas la guardia, la perra te tiraba el tarascón.
Ruidosa, mala y traicionera.
Después venían los gritos de Clarita que se superponían a los ladridos de la perra y que se suponía eran para que se calme. Si el secundario hubiera sido más largo, fija que me quedaba sorda.
Sacarla a pasear era penoso desde todo punto de vista. Clarita vivía cerca de Barrancas. Desde la puerta de calle, Perla salía disparada, daba saltos, gritaba, gruñía. La gente se daba vuelta para verla. Esperaban un rottwieler asesino y aparecía la rata con megáfono. No daba para que los chicos del Manuel Belgrano nos vieran paseando a un perro tan feo. Resultaba avergonzante. Al menos para mí. El tema era que sacar a pasear a Perla resultaba para Clarita un momento de felicidad supina. Por eso nunca me pude negar a acompañarla, aun a riesgo de quedar escrachada como la amiga de la dueña del perro de Chucky.
Yo estaba convencida de que el problema de Perla era la castidad. Le decía a Clarita, dale, hacé que coja, que se relaje un poco, esta perra está estresada. Pero qué perro se le podía acercar a semejante animal. Había que ser valiente, ciego y sordo. Pero, como le solía decir mi primer jefe a su mamá: "siempre hay alguien más loco que uno". Aquello que parecía imposible, un día pasó.
Violaron a Perla, escribió Clarita en la agenda. Perra amarga, ni siquiera disfrutó de su primera y única vez en el amor.
Esa relación tuvo sus consecuencias: tres cachorritos. Uno nació muerto y los otros dos eran tan feos que Clarita tuvo que pagarle a la veterinaria para que aceptara regalarlos.
Se me pasó el rato y no les dije cómo fue que Perla se elevó por los aires. Pero para eso tendría que contarles de Amalia, una chica igual a Uma Thurman pero fea (creanme que algo así es posible), de Stephen King en Pinamar y de una sombrilla a lunares.
Tal vez mañana.

martes

shopping

Solía suspirar por las vidrieras de Ayres.
Hoy me matan las góndolas de Farmacity.
Definitivamente, hubo un cambio en mi vida.

jueves

el loco y yo

Copetonas y Oriente son dos pueblos chicos de la provincia de Buenos Aires, parecidos a cualquier otro pueblo chico de la provincia de Buenos Aires. El río Quequén y unos cuantos kilómetros los separan. Ninguno de los dos tuvo nunca suficiente población para asegurarse una vida nocturna más o menos decorosa. Pero un empresario, conocido como "el enano" le encontró la vuelta: no sólo regenteaba un boliche en Oriente y otro en Copetonas sino que además era dueño del ómnibus escolar que llevaba a los jóvenes de un pueblo a otro. Así, alternando entre un local y otro, el enano tenía el monopolio de la diversión en toda la zona y sus alrededores.
Una noche fatídica, mi hermana perdió el micro del enano que la tenía que traer de vuelta a Copetonas. Era invierno y hacía mucho frío. La camioneta a gran velocidad patinó con la helada y chocó contra el puente del río Quequén. Al que manejaba no le pasó nada pero mi hermana salió despedida y cayó varios metros más allá. La llevaron al hospital de Tres Arroyos con heridas graves.
Primero llegaron mis padres, creo, pero no estoy segura. Para cuando yo me enteré, el loco ya estaba con ellos. Alto, desgarbado, se rascaba la barba mientras hablaba. Contaba que vivía en Copetonas con su madre. Había estado internado muchas veces y siempre salía. Últimamente se autointernaba por precaución.
“Si me quedaba un rato más, la mataba. Por eso me vengo. Acá ya me conocen. Es que mi mamá me vuelve loco.”
Yo le creí.
Inmediatamente salió el médico, tenía noticias de Fernanda. Nos paramos a escuchar el parte. El loco se nos unió. La situación era muy delicada. Habían tenido que sacarle un riñón. El loco empezó a parlotear. No dejaba hablar al médico. Me irrité pero antes de que pudiera reaccionar, mi papá, muy parsimoniosamente casi con ternura, le pidió que se tranquilice y le palmeó la espalda. El loco obedeció.
Había que esperar.
Estábamos en un pasillo muy ancho y frío que desembocaba en la puerta vaiven de terapia intensiva. Había un solo banco largo de madera y alternabamos para sentarnos. Mi mamá lloraba en silencio. Noté que el loco le imitaba los gestos.
Me dejaron pasar a ver a mi hermana. Tenía una cicatriz enorme en la panza, la habían cocido como a un matambre. Desnuda, se quejaba en sueños. Fue recién ahí cuando me di cuenta de lo grave que estaba. Tenía el pelo todo enredado. Parecía la novia de Frankenstein.
Salí con un ataque de angustia. El loco recitaba: “el futuro llegó, hace rato. Todo un palo, ya lo ves.” Tardé en reconocer la canción de los redondos convertida en letanía. Me acordé del bufón que acompañaba al rey Lear y supe que si mi hermana se moría, mi papá se iba a volver loco.
Mis viejos entraron después que yo. El médico se había tomado el caso de Fernanda como algo personal. Es mentira que uno atiende a todos los pacientes igual, nos decía. Era joven y hablaba de más. Para mi vieja era la viva imagen de dios sobre la tierra.
Había que esperar.
Nos sentamos los tres, agarrados de la mano como para darnos fuerza. En eso vimos pasar al loco a todo lo que da. Se había robado una silla de ruedas. Iba agazapado imitando el ruido de las motos de una punta del pasillo a la otra. La cosa se complicó cuando quiso hacer un willy y se cayó para atrás haciendo un ruido terrible. Vino una enfermera hecha una furia. Lo retó y se llevó el vehículo rechinando.
No recuerdo exactamente cuántos días pasaron. Lo que sé es que durante todo ese tiempo, el loco nos acompañó. Mi mamá le daba los sanguchitos que ella no podía comer. Mi papá le regaló una campera. El loco y sus ocurrencias nos cuidaban de tener que medirnos con nuestro miedo más temido.
Finalmente, la situación de mi hermana se estabilizó. Podían trasladarla en ambulancia a Buenos Aires. Cuando el médico nos dio la noticia, el loco nos unió en un abrazo inmenso a mi papá, a mi mamá y a mí. Nos tuvo así durante un rato bastante largo. Lo dejamos hacer. Aunque nunca la conoció, saltaba de contento. Literalmente. Después, le pidió a una enfermera si lo podían bañar y afeitar. Era hora de volver a casa.

martes

el sentido de la vida

Qué mito de Sísifo.
Ni los griegos ni Camus sabían lo que es mantener casa, marido e hijos.

lunes

El circuito recomienda

Nunca estuviste tan adorable, de Javier Daulte llega a la calle Corrientes.
Se reestrena este viernes en el teatro Broadway, Corrientes 1155.

jueves

pichones 1

Tengo cinco años y estoy con mi mamá y mis hermanas parada en la vereda, esperando que papá nos pase a buscar con el auto. Ya superamos la etapa en la que mamá nos vestía a las tres iguales, pero para ir a la ciudad nos puso vestiditos. Hace calor y tengo las manos y la cara pegoteadas por el helado que me tomé. Me fue mejor que a Fer. Ella tiene una banda de chocolate cruzándole la pechera. La calle comercial de Tres Arroyos se llama Colón. Ahí había un cine muy grande, antiguo, que se destruyó en un incendio dejando un baldío igual de grande.
Cerca nuestro hay unos nenes. Son dos y están jugando con una paloma, intentan agarrarla. Lo logran. Nos quedamos mirándolos. En eso, uno de ellos saca una navaja. Mientras que el más petiso la sostiene, el otro le estira un ala y se la corta a la altura de la articulación. Lo hace despacio, serruchando. La navaja no debe estar del todo afilada. Miro a mamá, no entiendo lo que está pasando. Me dice, medio distraída, que le están cortando las alas para que no vuele más.
Cuando están por encarar el otro lado, la paloma se les escapa. Corre, se mete en el baldío del cine, intenta volar. No puede. Choca contra la pared renegrida por el incendio. Se llena de ceniza. Se golpea una y otra vez. Mi hermana más chica llora. La carrera es despareja y los captores la alcanzan en pocos pasos. Se les tiznan las manos al reanudar su tarea. Estiran el ala sana y cortan.
Pichón de delincuente, dice mi vieja. Curiosa selección de palabras. No entiendo. Mis hermanas tampoco. Las palomas nunca nos cayeron del todo bien. Traen piojos, dice mi abuela, se apestan. Las de la paz deben ser de otra especie, supongo. Pero lo que presenciamos nos deja atónitas. Nos espanta, no podemos dejar de mirar, nos fascina. No terminamos de saber por qué.
El auto de mi papá se acerca despacio y estaciona a metros de donde estamos paradas. Mientras vamos subiendo al auto, el nene más grande le dice a mi vieja ¿la quiere señora? ofreciéndole la paloma mutilada. Como mamá dice que no, la abandonan en el cordón de la vereda.
No se mueve, esconde el pico entre las plumas, sabemos que pronto morirá.

miércoles

Santa Claus

Mis viejos nunca nos hicieron creer en Papá Noel.
Ellos estaban orgullosos de esa decisión, los hacía sentir padres esclarecidos. Para ellos era todo ganancia: nos evitaban un desengaño, se robustecía nuestra confianza en su palabra y, sobre todo, podían presindir de los regalos sin demasiadas explicaciones. Pero nos advirtieron que debíamos respetar la crueldad de los otros padres y que no estaba bien que fuéramos por la vida avivando pendejos. Siempre que pudimos, mis hermanas y yo respetamos la consigna.
Sin embargo, creo que a mi infancia le faltó algo. Sí, Papá Noel.
Suponía que después del brindis, los padres mandaban a los niños a dormir, ponían los regalos en el arbolito y ya: vino Papá Noel. Esa era toda la magia. Hasta que pasamos una navidad en la casa de unos amigos de mis viejos. Los Álvarez eran una familia enorme, llena de primos, tíos, y otros parientes. Algo que para mí era rarísimo porque mi papá y mi mamá son hijos únicos y entonces no tengo ni primos ni tíos ni familia numerosa. En la casa de los Álvarez podía ausentarse algún tío sin que nadie lo notara. Un elemento crucial para el verosímil navideño.
Con mis hermanas estábamos medio aburridas e indiferentes pero los otros nenes de la casa andaban como locos sopesando cómo había venido el año en castigos y recompensas. Adrenalina, expectativas, promesas que esperaban ser atendidas. De repente, se abrió una puerta y lo vimos. Vestido de rojo, la barba, las botas, ¡la bolsa!
¡Cómo me cagaron mis viejos! No eran honestos, ¡eran vagos!
Fede es el menor de mis sobrinos. Tiene su blog donde publica cuentos como "Mi abuela es una bestia" o "¿Qué pasaría si a un chico que gusta de una chica a la que le gusta tejer, se transformara en polilla?" Es vegetariano (herbívoro, solía decir) desde los tres o cuatro años y se come la fruta abrillantada del pan dulce y deja lo rico. A él le pasó con Papá Noel algo que mi hermana no había contemplado. Inexperiencia, supongo.
Como había sido un buen chico, pidió un regalo acorde a su comportamiento. Quería esas motos para chicos. Soñaba con la moto, la deseaba, la añoraba. Se le iban los ojos cuando pasaba por la juguetería. Estaba convencido de que este año se la había ganado, lo sabía, lo merecía.
No contaba con que la moto en cuestión salía un huevo y que mi hermana ni vendiendo los muebles de su casa se la podía comprar.
Fueron las doce, brindis, cohetes. Salimos al balcón a mirar los fuegos artificiales y en eso, se asomó Papá Noel, saludó y desapareció. Vamos al árbol a ver qué nos trajo.
Para Fede: un tubo de pelotitas de tenis y el conjunto de shortcito y remerita que tanto le había gustado a la abuela. ¿Papá Noel le da más bola a mamá? ¿No leyó la carta que le mandé? Acá hay un error.
Fede volvió al balcón y vió que Papá Noel estaba enfrente. Aparecía y desaparecía. Había viento y se movía rápido. En la ventanita del edificio de la esquina, dos pisos más abajo, en el balcón del cuatro piso.
Fede le gritó: ¡Gordo, volvé!
Nada.
Desesperación: Gordo, traeme la Harley.
Angustia: Gordo, vení, te equivocaste.
Le gritó hasta quedarse afónico. No hubo forma de sacarlo del balcón. Estaba aferrado a los barrotes, rojo de furia, gritando: Gordooooooooo.
Finalmente se resignó. Entró y con rencor nos dijo: Papá Noel es un gordo boludo.

lunes

la actriz, la puta y el poeta romántico

Durante un tiempo trabajé de moza. ¿Debería decir camarera? Supuestamente queda mejor, pero a mí me suena horrible. Fue una época en la que me divertí mucho, muchísimo. Vivía una vida muy despreocupada. Así la recuerdo. Si el laburo me hinchaba, renunciaba y ya. Después volvía. Como tenía en mente ser actriz, estudiaba actuación, técnica vocal, contact y análisis de texto. Por las noches, trabajaba en el bar. Ahora que lo pienso, yo era un estereotipo. Me faltaba tocar el cello o usar polainas para ser un personaje de Fama.
Usaba el pelo bien corto y ropa oscura y muy amplia. Lo que me valió que un par de veces me gritaran puto por la calle. No me importaba. Como chico hubiera tenido levante igual. Pero concentrémonos que no es de eso de lo que quería hablar.
El bar donde yo trabajaba no era nada del otro mundo pero mis compañeros, esos sí que eran algo especial. La cocinera me quería mucho pero odiaba al lavacopas. A Manolo le hacía la vida imposible. Conmigo era distinto. A pesar de que tenía casi mi misma edad, Alba me trataba como si fuera su hija. Me retaba si me veía fumando y se preocupaba de que comiera bien. Que estás muy flaca, me decía. Tenía un novio que era policía, vivía en Misiones y era siete años más chico que ella. Le escribía cartas. Pero en realidad su corazón estaba en otro lado. Alba estaba enamorada de Menem, loca, abierta, descaradamente. La recuerdo sentadita en la cocina, mirando la revista Caras y llorando a moco suelto por la muerte de Carlitos. Conservadora, moralista y hasta un poco mojigata, fue sin duda la menemista más rara que conocí en mi vida.
También estaba Andrea, que había entrado como camarera un mes antes que yo. Ella me enseñó a usar la bandeja, decorar los tragos y a hacer café. Un martes que no pasaba nada me contó su historia. Era uruguaya, tenía un hijo de cinco años que se estaba criando en el campo y había sido prostituta. Se escapó de su novio porque no la dejaba largar el laburo. Otro estereotipo más.
Era una cantante frustrada. Muchas veces, a la hora de cerrar, agarraba el micrófono y cantaba boleros o lentos en un inglés aprendido por fonética. No era lo que se dice linda pero volvía locos a los hombres. Para compensar, usaba unas blusitas que parecía le había robado a su abuela, con muchos volados, cerradas hasta el cuello. Igual, no había caso, siempre había algún alzado queriéndole meter mano. Desde que la conocí se estaba por poner de novia con el encargado del bar, y en el tiempo en que trabajé hubo fácil siete encargados distintos.
Era buena mina no como la otra chica que laburaba con nosotras, Myriam, que era tan amargada y aburrida que daba bronca. Ni una vez contestó "bien" a la pregunta "cómo estás". Nos cansamos de tratar de dialogar con ella. Odiaba el café, el bar y la gente. Lo único que le gustaba era Shakira.
En ese mundo, me supe hacer un lugar tirando las cartas. No me acuerdo cómo empezó la cosa. Simplemente, un día salió como un relato y después otro y otro más. A medida que iba acertando, mi reputación crecía. Llegó un momento en que no sólo los empleados, también los clientes me pedían que les leyera el futuro. Yo hablaba, sin criterio ni responsabilidad alguna, decía lo primero que se me ocurría. Después, se creaba como una intimidad. Volvían, me contaban cómo les había ido con sus problemas de los que yo no tenía ni la menor idea. Ellos me confiaban sus secretos.
Como no cobraba por tirar las cartas, empecé a pedir pequeños favores a cambio. Irme más temprano, no atender a algún cliente que se ponía pesado, que leyeran algo que había escrito. Todo servía a mis propósitos. Mi fama de quiromante ascendió a alturas nunca vistas. Sin embargo, el don se me había ido de las manos. Hace poco me crucé con un chico al que le había dicho que su novia lo cuerneaba. Yo no me acuerdo de haber hecho semejante animalada. Tal vez tuve un mal día o simplemente me gustaba y me porté mal. La cosa es que fue cierto. Y él, agradecido. No está bien confiar tus secretos a extraños.
Me acuerdo de una noche en especial. Ya estábamos cerrando. Andrea parada en el escenario, micrófono en mano, cantando sobre el disco de U2 y Manolo le hacía los coros.
Entró un tipo. Se sentó en una mesa muy lejos. Quiso cognac y café. Cuando se lo llevé, le pedí perdón por el barullo que estaban haciendo, le dije que ya estábamos cerrando. Se puso a escribir en un cuadernito. Era tarde. Un día de semana. Me llamó la atención. Estaba solo. Tenía una polera negra y el pelo revuelto. ¿Otro estereotipo más? Me colgué mirándolo pero cuando levantó la vista, yo bajé la cara avergonzada.
Me llamó.
Pagó.
Me dejó como propina dos poemas escritos en una servilleta.

imperdible!

Ya salió el nuevo número de elinterpretador.
Poesía, narrativa, ensayos, las columnas habituales de cine, teatro y nazismo bizarro. Y por supuesto, las ilustraciones inquietantes con las que Incardona decora la revista.
Todo eso y mucho más en el número de diciembre de elinterpretador

domingo

efemérides















Hoy hace exactamente un año que un Evatest me dijo que estaba embarazada.
Ese día nos habíamos levantado tarde, hacía bastante calor. Nico puso un disco de Mars Volta para empezar el día con todo. (Nuestros vecinos eran unos santos) Yo, en el baño.
Seguir las instrucciones. Espera. Confirmación.
Silencio, necesito silencio, apagá la música que tenemos que hablar.
Me quedé sin palabras. Vértigo, lo que sentí fue vértigo.
Después fuimos dos, sentados, en silencio. (Luego vendrían más días así. Quedamos atónitos con la primera ecografía. También cuando nos dijeron que era una niña.)
Ni se te ocurra ponerlo en el blog. Me miró como diciendo no me podés hacer esto. Pero entendió. Busqué en internet consejos para embarazadas. Al otro día tenía un casamiento y no estaba segura de qué podía hacer y qué no.
Nos tomamos el día para nosotros. Salimos a caminar. De la mano. No hablábamos. Y de repente, tenemos que comprar un piano. ¿eh?
Comimos por ahí. Pensamos en posibles nombres, ocupaciones, gustos. Qué cosas le permitiríamos, qué deseábamos, qué íbamos a evitar. Nos pusimos de acuerdo.
Un año no es tanto tiempo pero pueden pasar muchas cosas. ¿No Pierina?

viernes

con m de miedo

Es una porquería. Eso, del miedo. A veces creo que te tengo miedo a todo. Cuando era chica le tenía terror a la oscuridad. Dormía con la luz prendida. Mis viejos fueron negociando conmigo. Primero, la luz en la habitación. Después, el velador en el piso. Después, la luz del baño. Después, la puerta entornada. Era dura negociando. Me podía poner loca si no se respetaba lo pactado.
Tenía otra fobia: el pescado. No soportaba pasar cerca de una pescadería. Ni hablar si a mi madre se le ocurría comprar esa carne pestilente. Me sentía ofendida, perjudicada, atacada. Lloraba a mares a la hora de la cena. Toda comida nueva se me hacía sospechosa. ¿Estará mi mamá tratando de engañarme para después darse el gusto de decirme "viste, cuando no sabías que era pescado te gustaba"?
Hace poco, reflexionando sobre eso me di cuenta de que el objeto de mi aprensión eran las espinas y que por transitividad (no era muy sutil) había pasado a todo fruto del mar. Sospecho que en mi delirada cabecita infantil se habían unido la trágica muerte de mi gato Tom por comer un huesito de pollo y la posibilidad de que una espina me cause la misma suerte.
Los varones también me inquietaban. Fui toda la vida a un colegio de mujeres y la presencia masculina se me hacía algo extraña, cuando no, amenazante. No tenía ningún contacto con chicos de mi edad y si por una de esas casualidades aparecía alguno, no tenía la menor idea de cómo comportarme. Era un problema y nunca sabía cómo resolverlo.
Todos los veranos de mi infancia los pasé en el campo. Los tres meses que duraban las vacaciones, mis hermanas y yo cambiábamos el piso en Barrio Norte por los caminos de tierra y las playas de Reta. La casa del campo era enorme, tenía paredes de barro, muchas habitaciones con muebles de madera de mis bisabuelos y un parque arbolado para jugar y andar a caballo. Eso sí, lo que no tenía era electricidad. Es increíble cómo ese mismo lugar podía ser el paraíso de día y el infierno por la noche.
Un motor diesel nos daba luz por un par de horas pero había que apagarlo para dormir. Era viejo y le costaba arrancar y la luz subía de a poco hasta alcanzar la intensidad normal. Siempre podía fallar. Y hacía un ruido infernal. No servía de nada estar en medio del campo si sonaba como Viamonte y Suipacha a las tres de la tarde. Pero yo lo amaba, ese ruido era sinónimo de civilización, iluminación y seguridad.
Era capaz de irme a dormir a las ocho de la noche con tal de no enfrentar el momento de apagar el motor. La luz (y el sonido) iban disminuyendo hasta extinguirse. Después, la oscuridad total y el silencio. La muerte.
En nuestra habitación teníamos un farolito de kerosene, como los de la familia Ingalls. Mi papá, cariñoso como Charles pero pelado, venía y nos lo prendía para que no tuviéramos miedo si queríamos ir al baño. Yo flasheaba de que éramos de verdad la familia Ingalls y, siendo la mayor de tres hermanas y ayudada por el nombre, tranquilamente podía ser Mary. ¿Eso quería decir que me iba a quedar ciega? Otro miedo para mi lista.
Una noche desgraciada se juntó la suma de todos mis miedos.
Había un nuevo médico en el pueblo y mi mamá no tuvo mejor idea que invitarlo a cenar. Cayó con su familia a la nochecita. Habían estado en la playa y trajeron unas corvinas para que papá las hiciera en la parrilla. Las habían pescado ese mismo día.
El doctor tenía una mujer rubia y un poco gorda y cuatro hijos varones. Los dos mayores eran más grandes que yo y los dos menores eran más chicos que Fernanda, mi hermana menor. Todos rubiecitos. En la zona hay una comunidad danesa bastante importante por eso la mayoría son gringos, como les dicen en el pueblo. A los nenes más chiquitos les habían puesto bombachas y boinas vascas y la verdad es que les quedaban medio ridículas. Estaban como disfrazados de gauchos. La piel se les había puesto colorada por el día de playa y hacía que el pelo pareciera blanco de tan rubio.
Yo estaba de lo más enculada por el tema del pescado. La miraba a mi mamá con odio. Se lo hacía notar. Ella, fiel a su estilo, me sobornó con papas fritas. Tuvo éxito, en parte, pero el daño estaba hecho. Yo estaba alterada.
Cuando nos sentamos en la mesa, traté de evitar el contacto con los chicos. Algo tan insignificante como tener que pedirles la sal hubiera sido el acabóse para mí. Había que tomar medidas. Como reaseguro, senté a mis hermanas una a mi derecha y otra a mi izquierda. Estaba protegida, los gringos estaban lejos.
No habían condimentado las ensaladas cuando el doctor, que resultó ser un paparulo insoportable, haciéndose el simpático nos dijo: "ehh, eso así está desbalanceado. Cómo se van a conocer si se sientan todos lejos. Vení nena, sentate acá." y me puso al lado del gringo mediano. Me quedé sin palabras, me herbía la sangre, no podía creer mi suerte. Cuando de repente, plop plop plop, el motor de la luz avisaba que basta por hoy. La luz se apagó abruptamente. Silencio. Oscuridad.
Antes de poder reaccionar sentí el calor de la mano del hijo del doctor buscar la mía debajo de la mesa.
Me sentí morir.

jueves

La decisión

En el programa de mano de La decisión, monólogo escrito y dirigido por Alejandro Robino, se lee algo bastante inquietante: durante muchos años, las mujeres casadas eran consideradas "incapaces" ante la ley. Es decir, tenían "la misma situación jurídica que las personas por nacer, los menores, los sordomudos que no se saben dar a entender por escrito y los dementes". Esta ley siguió vigente hasta, escuchen bien, 1968.
Mi mamá, mi suegra, sus amigas se casaron bajo esta ley que las desprotegía. Me hago la misma pregunta que Robino, ¿por qué? Y este es el punto de partida para La decisión.
La concepción escénica es simple y contundente al mismo tiempo. En el centro del escenario, la novia.
Tiene puesto un miriñaque que, devenido tela de araña, limita sus movimientos. Está atrapada. En su monologar, narra las penurias, sacrificios y privaciones a las que se sometió por organizar la fiesta de sus sueños. Llamativamente, está sola en esto.
Ella elige, decide, resuelve.
Ella cocina, prepara, decora.
Va sorteando los obstáculos uno a uno con decisión y perseverancia y por supuesto, cargando con las consecuencias. ¿Y el novio?
Conforme va pasando el tiempo, no sabemos si ella es la araña o la mosca atrapada en su propio deseo. Me vuelvo a preguntar, ¿y el novio?
La novia, interpretada por Natalia Aparicio, transita varios registros permitiéndonos entenderla y odiarla en partes iguales. Nos hace reír por su precariedad, nos conmueve con su entereza, nos apabulla con su determinación. Me vuelvo a preguntar, ¿y el novio?
Robino evita hacerse esa pregunta. ¿Es que son las mujeres exclusiva y excluyentemente las que quieren casarse? ¿Realmente piensa Robino que el matrimonio como rito hubiera subsistido hasta hoy sin el aporte masculino? Creo que no.
A pesar de que el espectáculo está concebido desde una soltería militante y combativa, el monólogo se sostiene. Es más ambiguo y, por eso mismo, mucho más interesante.

La decisión
escrita y dirigida por Alejandro Robino
con Natalia Aparicio
Los viernes a las 21 hs. en el Celcit.

miércoles

mobilis in mobili

Jueves a la noche, noche de teatro. Fui a ver Mobilis in mobile, dentro del ciclo Cero cinco. Este proyecto surge de la reflexión sobre el concepto de efemérides, seleccionando a distintos personajes de la historia con el único requisito de que el 05 marque la fecha de su nacimiento o muerte. Que un ciclo ponga en un mismo universo de sentido a Greta Garbo, Julio Verne, Jean Paul Sartre, Christian Dior, Friedrich Schiller y Miguel Cané es, de por sí, un logro de Szuchmacher, "curador" de la muestra.
Mobilis in mobile conmemora, entonces, la muerte de Julio Verne en 1905. Una pantalla enorme preside el espacio escénico. Varios micrófonos. Una mesa larga mantiene bastante espaciados un metrónomo, un tocadiscos, una radio y otros elementos que la oscuridad no permite distinguir. Estamos avisados, la tecnología y sus implicancias (que tanto dieron que hablar en el último festival de teatro) van a ser relevantes aquí.
Guillermo Heras, Rita Cosentino y Bárbara Togander son los responsables de la idea original y de su realización. Como punto de partida, se acercaron a Verne a partir del lenguaje. Qué difícil.
Una conferencia sobre los "nombres inventados" con que Verne trabajó va siendo coptada por ese mismo juego con el lenguaje, su musicalidad, su distorción. Se pasa de una lengua a otra como de un instrumento a otro hasta lograr una panlengua, única y múltiple más cerca del sonido que del significado. De la taxonomía a la glosolalia. Y así como se yuxtaponen y exponen los objetos en la mesa, lo mismo pasará con las palabras que componen el espectáculo.
Paradójicamente, lo más teatral es la proyección de Viaje a la luna, de Georges Mélies. Vemos a estos hombres de frac transportarse a una luna enmerengada, dormir con frazadas, interactuar con los selenitas y volver. Aunque también está intervenida (tiene sobreimpresiones, flechas, dibujos y nombres), la película es una joyita y está bueno poder verla. Además, se crea un efecto extraño cuando se la vuelve a pasar pero al revés. En síntesis, el espectáculo resulta una aproximación a Julio Verne de la mano de Samuel Beckett. Se propone como algo conceptual y superculto (cuantos más idiomas hables, más entendés de la obra) pero termina siendo un poco banal y esencialista de los pueblos cuando reflexiona por la realización de las invenciones de Verne. En todo caso, me faltó lo que para mí es sinónimo de Verne: más aventura. Beckettianos no se la pierdan, yo paso.

para más datos sobre el ciclo cerocinco y los horarios de las obras ver acá.

martes

Revista Conjunto

Nara Mansur, editora de la revista Conjunto, se pasó casi todo el año pasado en Buenos Aires. Hizo taller de dramaturgia con Kartun y con Veronese y vio todo el teatro que pudo. Así es como el último número de la revista está dedicado íntegramente al teatro porteño: actores, directores y críticos aportaron distintos artículos. Algunas de las respuestas de la encuesta que Nara realizó entre teatristas se pueden leer acá.

maría y sus hermanas

Finalmente, mi hermana se cansó de su romeo musulmán y lo cambió por una ducha de hotel y una cerveza bien fría. Así terminó sus vacaciones en Egipto. Volvió ayer. Le respeté el jet lag y mañana la voy a visitar.
Siempre tuvimos una relación complicada. Es la típica hermana del medio (aunque en ella nada resulta típico). Creo que ahora estamos en nuestro mejor momento.
Me pasé toda la infancia tratando de conservar mis juguetes lejos de sus manos destructoras. Los cumpleaños eran cuando se ponía peor. Si no abría mis regalos, directamente me los rompía sin desenvolver.
Me pasé toda la adolescencia amenazada por su belleza y rebeldía. Yo vivía acomplejada; ella, rompiendo corazones.
Después tomamos caminos distintos. Ella quedó embarazada. Yo empecé a vivir sola, después a estudiar.
Ella se fue a vivir a Tres Arroyos. Tuvo otro hijo. Consiguió varios trabajos, otros novios, otros amigos (no siempre en ese orden).
Yo me quedé acá, cambié de carrera, con el tiempo empecé a trabajar, me casé... qué sé yo, seguí mi vida.
Hay veces que me vuelve loca, que me despista con sus opciones delirantes, que no la entiendo.
Otras, me sorprende con su buen corazón e ingenuidad. Estoy intrigada por saber cómo le fue y qué nos deparará el destino, en esta nueva etapa post-egipto.

domingo

dos obras

El viernes pasado, Pierina cumplió tres meses. Para celebrarlo le puse su primer vestidito y la saqué a pasear. A la noche, iba a ir al teatro. Ya estaba lista para salir, le había dado la teta, la había bañado y dejado dormida al cuidado de su papá. Me faltaban las llaves para salir, cuando Pipi empezó a aullar, porque llorar era poco. No había forma de consolarla. La agarraba Nico y gritaba, la alzaba yo, y milagrosamente se calmaba. Resignación. Nico me decía que me fuera igual, pero yo no podía. Ya van dos veces que me invitan a ver alguna obra y a último momento, no logro salir de casa. Acá paso la información de las obras que no vi, pero que pienso ver pronto. Gracias a Natalia y a Andrea:


SÁBADOS 23.30 HS

EL FIAMBRE

DE MARIANO MONSALVO

en BECKETT TEATRO

(Guardia Vieja 3556)

Entradas: $12

Reservas: 4867-5185

Actúan:Cecilia Sgariglia, Gabriel Fernández, Julieta Petruchi

Dirección: Mariano Monsalvo


LA DECISIÓN

con Natalia Aparicio
Libro y dirección: Alejandro Robino
Viernes 21 hs.
Entrada: $ 10. Estudiantes y jubilados: $ 5
CELCIT. Bolívar 825. Reservas al 4361-8358 y 4362-2347

jueves

jueves por la noche

Alentado por el estado floreciente de su vida social, mi marido me increpa por mi timidez y misantropía. ¿Por qué vas sola al teatro?, me dice y se guarda el "pathetic looser" para sus adentros. Le contesto que mis amigas viven en el exterior: una en Michigan, una en La Habana, una en Nordelta.
Insiste, ¿no podrías ser un poco menos refractaria al contacto humano? Quiero negarlo, enojarme, decirle que desde que Pipi, bla, bla, bla pero lo peor es que es cierto. Además, ahora estoy fuera de práctica. Salgo y hago unos papelones dignos de Bridget Jones. Se me traba la lengua, me pongo colorada, me pongo ansiosa y digo pavadas y tiro las cosas y la gente se me queda mirando como si me fuera a dar un ataque en cualquier momento. Me parece que siempre fui así. Antes de conocerlo a Nico, yo había optado por ir sola a todos lados: cine, teatros, restaurantes. Venía de una racha espantosa.
Situación 1: Voy a visitar a un amigo que tiene un bar y me pongo a charlar con un chico que anda por ahí. Bonito. Me invita una cerveza y eso parece motivo suficiente para confesarme lo mal que la pasó en su última internación en un neuropsiquiátrico. Y yo, ajá y ¿de dónde lo conocés a mi amigo? Pero no, ya era tarde. El tipo me quería convencer de lo injusta de su situación porque él no estaba loco, sólo pensaba mucho, mucho, en una clase de árbol.
No preguntes, no preguntes. Tarde. Me quemó la cabeza y quiso que lo llame. ¿Para qué?
Situación 2: Fiesta. Casa muy concurrida. Un poquito de baile. Algún trago rico. Todo bien. Sonrisita, hola. Hola. Empieza el chamuyo, ¿con qué? Robé un banco.
Situación 3: Estuve preso por comprar dinamita en Paraguay. ¿Para qué compraste dinamita? Porque la vendían.
Situación 4: Le gustás a mi amiga.
Situación 5: Vamos a otro lado, mejor, hace dos semanas acá muy borracho les arruiné el show sado-maso y perdí un zapato.

No extraño nada de esas situaciones. Nada. Algo en ese tiempo despertó la latencia de mi misantropía, la exacerbó, la hizo crecer y desarrollarse.
La timidez tiene otra fuente, más antigua. Creo que siempre fui un poco tímida, desde muy chica. No me ayudó tampoco medir un metro ochenta ya a los 13 años e ir a un colegio digno de Stephen King. Pero esa es otra historia y sí, si hubiera tenido poderes, los hubiera quemado a todos.

lunes

el interpretador n° 20













narrativa

Mario Levrero - Apuntes Bonaerenses
Presentación, por Rodolfo Fogwill.

Pedro Mairal - Campamento en Maschwitz

Paola Esteban - La Delgadez Perfecta

Juan Diego Incardona - La música rota

Travestismo Trash -3-

Naty Menstrual - Que tren que tren

poesía

Marcos Herrera - Poemas

Horacio Fiebelkorn - Poemas

Cecilia Perna - Cámara en la piedra

Oscar Fariña - Poema

ensayos/artículos

Mario Bellatin

"La escuela del dolor humano de Sechuán", por Jorge Panesi.

El problema Bellatin, por Alan Pauls.

"La escuela del dolor humano de Sechuán", por Ariel Schettini.

La letra como anticipación, por Diego Rojas.

en discusión

La carta abierta de Oscar del Barco,por Tomás Abraham.

ensayo

Un inventario, dos legados: Intelectuales y Política en Contorno y Pasado y Presente,

por Ariane Díaz.

reseñas

Los raros afectos de Charly Gamerro, por Juan Marcos Leotta.

Presentación de "Correrías de un infiel" de Osvaldo Baigorria, por María Pía López.

columnas mensuales

Las chicas de Letras se masturban así XII, por Elsa Kalish

Nazismo bizarro

La muñeca nazi, por Juan Terranova.

cine

Perlas en el Fango -cine por cable en Argentina-
(noviembre 2005), por Hernán Sassi.

teatro

Rafael Spregelburd y el teatro político, por María Bayer.

artes visuales

Andrei Volpintesta - Galería

Jorge Michelotti - Obras

Fernando Cauda - Obras

aguafuertes

La luz del día, por Oliverio Coelho.

Elemental, Cacho -Usted reniega del anecdotismo-, por Usted.

Villa Celina -4-: "El hijo de la maestra", por Juan Diego Incardona.

martes

como las gallinas

En el foro Celcit se están discutiendo, entre otras cosas, cuestiones de género y el androcentrismo. Uno de los mensajes reparaba en lo machista que es nuestra lengua y argumentaba así:

Zorro: Héroe justiciero
Zorra: Puta
Perro: Mejor amigo del hombre
Perra: Puta
Aventurero: Osado, valiente, arriesgado.
Aventurera: Puta
Ambicioso: Visionario, Enérgico, con metas
Ambiciosa: Puta
Cualquier: Fulano, Mengano, Zultano
Cualquiera: Puta
Regalado: Participio del verbo regalar
Regalada: Puta
Callejero: De la calle, urbano.
Callejera: Puta
Hombrezuelo: Hombrecillo, mínimo, pequeño
Mujerzuela: Puta
Hombre público: Personaje prominente. Funcionario público.
Mujer pública: Puta
Hombre de la vida: Hombre de gran experiencia.
Mujer de la vida: Puta
Atorrante: Adj. que indica simpatía y viveza.
Atorranta: Puta
Rápido: Inteligente, despierto.
Rápida: Puta
Puto: Homosexual
Puta: Puta