martes

la venganza de las señoritas

Se viene fin de año y en el jardín de Pipi están preparando el acto que va a ser en un teatro y con entrada. ¿La nena no tiene dos años? Sí. En fin...
El jueves pasado me mandaron el instructivo para hacerle el disfraz, con la aclaración de que tenía que estar listo para el lunes. Tobilleras y muñequeras de papel de colores. Bien. Manos a la obra. Primer contratiempo: llegué tarde y se acabó el papel metalizado en todo el barrio. Hay mamás más previsoras que yo. Fin de semana, andá a encontrar una librería abierta. No puedo permitir que la niña sea la única sin sus muñequeras. Llanto, fracaso, frustración. Mi marido llamándome desde Easy con dudas sobre la consigna: si es papel plateado, ¿cómo puede ser de colores? No, dejá. Ya veremos. Lunes por la mañana (despertador incluído), se subió al auto y buscó hasta consiguir el bendito papel de regalo liso, metalizado y de colores (no confundir con el papel glasé porque ese es opaco por detrás y no brillante). Genio.
Me puse manos a la obra. Cortar, pegar, medir, coser. (¿a qué perverso ente del mal puede ocurrírsele la prometeica tarea de coser papel brillante?) Después de cuatro horas reales por reloj terminé mi labor, enceguecida por los destellos de los hologramas del papel metalizado. Orgullosa, se las mostré a la directora del jardín que me dijo: "bueno, ya que aprendiste a hacerlas, tené unas de repuesto porque ésas son para ensayar. No llegan sanas al acto."
Nuevamente saboreando el sin sentido volví a casa con la certeza de ser parte de una economía perversa. El trato sería así: yo me haré cargo de tus hijos siempre y cuando vos aceptes realizar una serie de tareas inútiles pero trabajosas con que ocupar el tiempo libre que te estoy regalando.
Ahora me pidieron un arreglo floral para la cabeza. Me parece que se lo voy a pedir a mi mamá.