jueves

el loco y yo

Copetonas y Oriente son dos pueblos chicos de la provincia de Buenos Aires, parecidos a cualquier otro pueblo chico de la provincia de Buenos Aires. El río Quequén y unos cuantos kilómetros los separan. Ninguno de los dos tuvo nunca suficiente población para asegurarse una vida nocturna más o menos decorosa. Pero un empresario, conocido como "el enano" le encontró la vuelta: no sólo regenteaba un boliche en Oriente y otro en Copetonas sino que además era dueño del ómnibus escolar que llevaba a los jóvenes de un pueblo a otro. Así, alternando entre un local y otro, el enano tenía el monopolio de la diversión en toda la zona y sus alrededores.
Una noche fatídica, mi hermana perdió el micro del enano que la tenía que traer de vuelta a Copetonas. Era invierno y hacía mucho frío. La camioneta a gran velocidad patinó con la helada y chocó contra el puente del río Quequén. Al que manejaba no le pasó nada pero mi hermana salió despedida y cayó varios metros más allá. La llevaron al hospital de Tres Arroyos con heridas graves.
Primero llegaron mis padres, creo, pero no estoy segura. Para cuando yo me enteré, el loco ya estaba con ellos. Alto, desgarbado, se rascaba la barba mientras hablaba. Contaba que vivía en Copetonas con su madre. Había estado internado muchas veces y siempre salía. Últimamente se autointernaba por precaución.
“Si me quedaba un rato más, la mataba. Por eso me vengo. Acá ya me conocen. Es que mi mamá me vuelve loco.”
Yo le creí.
Inmediatamente salió el médico, tenía noticias de Fernanda. Nos paramos a escuchar el parte. El loco se nos unió. La situación era muy delicada. Habían tenido que sacarle un riñón. El loco empezó a parlotear. No dejaba hablar al médico. Me irrité pero antes de que pudiera reaccionar, mi papá, muy parsimoniosamente casi con ternura, le pidió que se tranquilice y le palmeó la espalda. El loco obedeció.
Había que esperar.
Estábamos en un pasillo muy ancho y frío que desembocaba en la puerta vaiven de terapia intensiva. Había un solo banco largo de madera y alternabamos para sentarnos. Mi mamá lloraba en silencio. Noté que el loco le imitaba los gestos.
Me dejaron pasar a ver a mi hermana. Tenía una cicatriz enorme en la panza, la habían cocido como a un matambre. Desnuda, se quejaba en sueños. Fue recién ahí cuando me di cuenta de lo grave que estaba. Tenía el pelo todo enredado. Parecía la novia de Frankenstein.
Salí con un ataque de angustia. El loco recitaba: “el futuro llegó, hace rato. Todo un palo, ya lo ves.” Tardé en reconocer la canción de los redondos convertida en letanía. Me acordé del bufón que acompañaba al rey Lear y supe que si mi hermana se moría, mi papá se iba a volver loco.
Mis viejos entraron después que yo. El médico se había tomado el caso de Fernanda como algo personal. Es mentira que uno atiende a todos los pacientes igual, nos decía. Era joven y hablaba de más. Para mi vieja era la viva imagen de dios sobre la tierra.
Había que esperar.
Nos sentamos los tres, agarrados de la mano como para darnos fuerza. En eso vimos pasar al loco a todo lo que da. Se había robado una silla de ruedas. Iba agazapado imitando el ruido de las motos de una punta del pasillo a la otra. La cosa se complicó cuando quiso hacer un willy y se cayó para atrás haciendo un ruido terrible. Vino una enfermera hecha una furia. Lo retó y se llevó el vehículo rechinando.
No recuerdo exactamente cuántos días pasaron. Lo que sé es que durante todo ese tiempo, el loco nos acompañó. Mi mamá le daba los sanguchitos que ella no podía comer. Mi papá le regaló una campera. El loco y sus ocurrencias nos cuidaban de tener que medirnos con nuestro miedo más temido.
Finalmente, la situación de mi hermana se estabilizó. Podían trasladarla en ambulancia a Buenos Aires. Cuando el médico nos dio la noticia, el loco nos unió en un abrazo inmenso a mi papá, a mi mamá y a mí. Nos tuvo así durante un rato bastante largo. Lo dejamos hacer. Aunque nunca la conoció, saltaba de contento. Literalmente. Después, le pidió a una enfermera si lo podían bañar y afeitar. Era hora de volver a casa.

3 comentarios:

Ramón Paz dijo...

tremendo, bayer!
esa es la hermana que se fue a egipto?
lo más terrible de los momentos así es que siempre hay algo al lado que sigue indiferente su vida cotidiana y hay que lidiar con eso también. siempre están los soldados jugando a los dados al pie de la cruz. y este caso es raro porque el loco se involucraba. qué raro. porque pareciera que en vez de empeorar las cosas, la presencia del loco las aliviara un poco. como una distracción.

jandro dijo...

No sé cómo llegué a tu blog, María, pero tu muy buen relato me hizo revivir una situación similar con, lamentablemente, un final distinto. Es difícil de expresar lo que se siente y lo que se piensa cuando te tienen a un ser querido desnudo, conectado a tubos, agujas y electrodos rodeado de monitores, permitiéndote verlo de a cinco minutos y una sola persona a la vez. Y la puerta vaiven de terapia intensiva te deja pasar para que el personal médico, con su aureola mística, te informe del estado, sin darte muchas esperanzas cuando la evolución es algo positiva, pero sin matártelas cuando se produce algún bajón, porque la lucha sigue y nunca se sabe! Esa frase que repetiste: "Había que esperar" es lo que me golpeó fuerte, porque allí te das cuenta que los verdaderos pacientes somos quienes estamos afuera porque esperamos, quien está adentro está muy ocupado en pelear con todo lo que tiene para no dejarnos. Si te puede interesar saber algo de quien estaba allí adentro en mi caso, date una vueltita por 'Nuestro Querido Viejito', gracias!

María Bayer dijo...

Ramón:
Es cierto lo que marcás. Creo que sólo puse los momentos en que nos sentimos acompañados por él. Que incluso hasta nos hizo reír. Porque claro que había momentos en que hacía cosas que no nos lo podíamos creer. Quedó medio desbalanceado el post. Y no, no es la de Egipto, es mi otra hermana, la que se terminó casando con un kinesiólogo cubano. Pero esa es otra historia.

Jandro:
gracias, voy a visitar tu blog.