jueves

el día que Perla voló (cont. de la cont.)

Acá me advierten que más vale que esté bueno lo de la perra voladora porque esto ya se está extendiendo demasiado y todavía no conté nada. Bueno, la cosa fue más o menos así. Era la primera vez que me iba de vacaciones con Clarita y pensé, me juré y después no cumplí, que iba a ser la última.
Salimos el primero de enero para disfrutar de toda la quincena en Pinamar sin escamotearle nada a las vacaciones. En el asiento de adelante iban Antonio, el padre de Clarita y Clarita, mi amiga del colegio. En el asiento de atrás íbamos María, o sea yo, y Perla, la perra más fea y mala del mundo. Que iba en el asiento es un decir porque ni bien la subieron al auto empezó a aullar y a correr desesperada. Se golpeaba la cabeza contra la luneta trasera y volvía, arañaba el tapizado con las uñas, se caía y mordisqueaba la alfombrita, gruñía y empezaba otra vez contra la ventanilla. Yo me había acostado muy tarde la noche anterior, no estaba con ánimos de soportar semejante tortura. Empecé a fantasear con que en uno de los golpes se hiciera un daño cerebral irreversible y quedara en coma. Eso no pasó.
Saltaba, se retorcía, olisqueaba mi mochila y hasta amagó con pillarla. Ahí me puse firme y le pegué una patada corta pero contundente en el morro. No se volvió a meter con mis cosas. Quiero aclarar que ese viaje no fue en un auto moderno y por autopista donde estás en Pinamar al toque. Era la vieja ruta 2 en una batata que se recalentaba y había que parar a cada rato. El viaje duró una eternidad o más. Yo ya estaba aturdida y de mal humor antes de pasar por el parque Pereira Iraola. Hacía un calor insoportable, el aire acondicionado era un invento del futuro y lo peor de todo es que no me dejaban bajar la ventanilla por miedo a que, escuchen bien, Perlita se cayera.
Usando el final de amabilidad que me quedaba pregunté porqué no habían dopado al Critter. Antonio me contestó que sin un sedante no la hubieran podido meter en el auto, que tuvieron viajes peores. Lo odié, odié mi vida, pero sobre todo odié a esa perra horrible y los efectos paradojales de los tranquilizantes. Cuando tuve oportunidad, de bronca, le dí otra patadita. Ella me mordisqueó el talón.
Bastó que llegáramos a Pinamar para que la perra se quedara planchada. Clarita la subió como un bebé en brazos al departamento y yo tuve que lidiar con todos los bolsos. Era una mudanza y a mí me tocó hacerla. El papá de Clarita había tenido un accidente cerebro-vascular que le dificultaba un poco la dicción y la movilidad de la parte derecha del cuerpo. Los labios gruesos se le habían torcido levemente, cuando hablaba masticaba las palabras antes de escupirlas. Tenía una voz ronca, de fumador de puros, y un abdomen abultado pero firme como si se hubiera escondido una pelota de básquet debajo de la remera. También me llamaba la atención su pelo blanco, finito y rebelde que se erizaba por sobre la herradura de su pelada. Al caminar, anteponía la mano enferma y eso le daba un aspecto levemente simiesco.
Hice por lo menos cuatro viajes hasta el ascensor para terminar de vaciar el auto de las porquerías que habían llevado. Antonio me daba indicaciones. Esas vacaciones habían empezado para atrás.
Se estaba haciendo de noche. Yo quería pegarme un baño y salir a dar una vuelta. En cambio, me encontré con que tenía que ayudar a Clarita a limpiar el departamento. Vacío hacía un año, tenía olor a humedad, arena e insectos de todo tipo.
No sólo me mandaron a repasar la cocina sino que además me tuve que aguantar las cargadas de Clarita. La muy turra me gastaba por cómo limpiaba la heladera. Respiré hondo tres veces antes de mandarla a la mierda. ¿Qué tiene? En casa siempre hubo mucama, pensé y como un rosario se me aparecieron los nombres: la Señora Bernarda, Manuela, Nélida (que nos corría con la dentadura postiza), Irene, Luisa y Poquita vida. Y se lo dije: En mi casa siempre hubo mucama, nena. Como me seguía gastando, le apunté con el trapo rejilla a la cara. Fallé. Me devolvió la gentileza pero ella sí acertó el tiro. Me dio de lleno en el pecho. Eso le dió más risa. Yo también me reí.
Para cuando estábamos terminando, la perra se despertó hecha una furia. Había que sacarla a pasear. Salir por el centro de Pinamar acompañada por la perra endemoniada y el papá de Clarita (que ya se había calzado las bermudas y el gorrito de piluso) era una jugada temeraria. Saltar de un piso trece no me hubiera dado tanto vértigo como la perspectiva que se me ofrecía: la completa aniquilación de toda vida social por el resto de las vacaciones. Tenía terror de encontrarme con alguien conocido y más terror aun de que los chicos lindos que esperaba conocer se alejaran para siempre al vernos del brazo de Krusty el payaso paseando a Cujo. Mis hormonas estaban en ebullición, era verano, necesitaba interactuar con chicos.
Resignación y helado en Freddo.
A la mañana siguiente, la voz cascada de Antonio, levemente grosera y cavernosa, nos instó a preparar los sanguchitos para ir a la playa. La cuestión de la comida se decidió ese día y para siempre: al mediodía cada uno tendría su ración de dos sanguchitos de pan lactal cortados en triangulitos, fiambre, lechuga, tomate y mayonesa. A la noche, cocinaría Clarita. Esa rutina fue inconmovible, las variaciones no estaban previstas en ese universo. Eso me resultaba super irritante.
Primero estacionar el auto, desplegar los cartones en el parabrisas para protegerlo del sol, abrir el baúl del auto y nuevamente la mudanza. Para disfrutar de un día de playa habían traído: la lunchera azul francia con la comida y un termo con jugo; el bolso rojo que Clarita usaba en el colegio cargado de libros, pantalla solar, sombrero, pareo, crucigramas, ojotas; dos reposeras plegables; sombrilla a lunares amarillos; palita; radio portátil y por supuesto, Perla ladrando.
Imposible no vernos bajar a la playa. Antonio, rengueando, escondía su pelada debajo de su sombrerito blanco, las bermudas calzadas a la cintura bordeaban todo el perímetro de su panza para bailar, libres, hasta la rodilla. Completaban el equipo las medias con sandalias franciscanas. Clarita tenía terror a broncearse y por eso bajaba completamente vestida a la playa: zapatillas, medias, jogging, remera larga y visera. Sólo cuando se metía al mar se quedaba en malla. Yo los seguía algunos pasos atrás. Elegían el lugar y dejaban las cosas desparramadas en la arena.
Antonio primero prendía la radio y después se arrodillaba y empezaba con la palita a hacer un pozo para clavar la sombrilla. La gente nos miraba, a veces se reía. La perra corría en círculos por donde estábamos nosotros y no paraba de gritarle a los que pasaban caminando. ¿Cómo mantener un perfil bajo y cierta dignidad con semejante cuadro?
Cuando, al otro día, ví aparecer a Antonio con el medio-mundo para pescar cornalitos en el muelle, tuve una revelación: ésas iban a ser las peores vacaciones de mi vida.

2 comentarios:

elcocinero dijo...

tq, excelente, tq más

ramón dijo...

buenísimo. que siga esto, por favor, bayer. quiero que muera esa perrita histérica. que haya algún tipo de venganza.