jueves

el día que Perla voló (cont.)

Por lo general, a la tarde después de la playa, íbamos con Clarita a jugar a los fichines. Ella era buena en Wonderboy, yo era imbatible en Mrs. Pacman. Un día estaba jugando mejor que nunca y ya me faltaban cinco pastillitas para anotar mi nombre, cuando sentí que me chistaban de atrás. Me desconcentré. Perdí. Era Santiaguito Pombo, había llegado hacía tres días. Nos contó que Amalia estaba con Osi en Gessell pero que él había preferido quedarse en Pinamar con Diego y Quique.
Alto acá.
Paren.
Paren todo.
¿Escuché bien? ¿Quiere decir que él, el único, el maravilloso Enrique Apostillas estaba compartiendo verano con nosotras? ¿Dónde estaba? ¿Estaba ahí? ¿Podía llegar en cualquier momento? Se me heló la sangre. Me dio vergüenza haber salido con esa remera tan chota. Hice el gesto automático de abrazarme y taparla. La miré a Clarita y vi que estaba pálida. Creí que se iba a desmayar.
Santiaguito siguió hablando y entre otras pavadas nos contó que Enrique se había peleado con la novia. Esta vez era definitivo. Irresponsable, tiró esa información y se fue. Con Clarita tuvimos que hacer mucho esfuerzo por mantener la calma. Estábamos eufóricas. Parecíamos miembros de un club de fans.
A partir de ese momento, nuestras vacaciones cambiaron sustancialmente. Por empezar, no más cara lavada. La preparación para salir se fue complejizando y extendiendo cada vez más. Al punto de poner el despertador. No importaba si íbamos a la playa o a sacar a la perra; si queríamos salir, teníamos que estar perfectas.
Los productos y cosméticos se fueron multiplicando. El maquillaje se fue sofisticando y parecía que más que a la playa íbamos a una fiesta de quince: base, rubor, sombra, delineador, rouge, etc., etc., etc. Elegir el vestuario nos llevaba entre cuarenta y cinco minutos y una hora por persona. El papá de Clarita nos veía entretenidas y nos dejaba hacer aunque a veces se quejaba porque le copábamos el baño. Nos medíamos el jopo con una regla (¿qué quieren?, se usaba). Menos de diez centímetros era inaceptable y requería de más jabón, spray y gel. Si los de Greenpeace nos hubieran visto entrar al mar, seguro nos denunciaban como agentes contaminantes. Nosotras, felices. Como el animal que prueba carne humana, estábamos cebadas. Lo nuestro no tenía límites.
El desembarco a la playa también tuvo sus innovaciones aunque no tantas como yo hubiera querido. Acordamos poner una excusa, demorarnos y hacer que Antonio baje solo con la perra del demonio. Después llegábamos Clarita y yo, es cierto, con todos los bultos pero super producidas. Sin embargo, pasaban los días y Enrique Apostillas no aparecía. ¿Por qué no se corporizaba ahora que estábamos di-vi-nas?
Al que nos encontrábamos todo el tiempo era a Santiaguito. Un bajón. Se quejaba por todo. Que se aburría, que no había chicas lindas (¡Hello!), que Pinamar era un quemo.
Una tarde fui a hablar por teléfono a mis viejos. Como no había tenido ningún momento en que pudiera estar sola, lo estiré todo lo que pude. Además, Clarita me había pedido que comprara entradas para el cine y ahí estaba yo, flanereando por Bunge. Me sentía intrigante, independiente, enigmática.
Crucé para agarrar Las Toninas y ahí nomás lo vi venir. Jean celeste claro, chomba lila, náuticos sin medias. Caminaba hacia mí bronceado, sonriente, maravilloso.
Lo miré a los ojos.
Me miró.
Y literalmente me quedé sin piso. Así como el Coyote, persiguiendo al Correcaminos, sigue corriendo en el aire hasta que se da cuenta de que avanzó hacia el abismo y eso hace que la caída sea más violenta; así me desbarranqué yo. Fue tal la conmoción de verlo que me olvidé hasta de cómo era caminar. Los taquitos no ayudaron, las piedritas de la calle tampoco. En realidad, fue como si mis pies cobraran envión al resbalar y se elevaran, dejándome en levitación por unos segundos para luego acompañar al resto de mi cuerpo en su arremetida espectacular contra el piso. Y el final: Rocky rebotando contra la lona del ring, con los antebrazos y codos protegiendo su cara, mientras atrás mío se escuchaba el fatídico "uuuhhhh". Con tristeza corroboraba que para ponerme en vergüenza no necesitaba de una perra histérica, conmigo alcanzaba y hasta sobraba un poco.
¿Qué hacer?
Como a Schwarzenegger en Terminator se me abrió una pantalla con las posibles opciones de respuesta:
A.- El payaso. Minimizar la cosa riendo (histéricamente también se puede aunque no es aconsejable) como si la idiota que se pegó el palo fuera otra persona y no yo. Quedó descartada ante la posibilidad de raspón y sangre.
B.- El muertito. No me muevo, no hago nada. Total, mi vida social acaba de fallecer junto con todas mis esperanzas. Eso hubiera querido pero era impracticable.
C.- Princesa en problemas. ¡Tenemos un ganador!
Sentí que Enrique Apostillas se acercaba a mí. Con serenidad, levanté la cabeza y la mano hacia él como si lo invitara a bailar un minué. Me sujetó delicadamente pero con fuerza y me ayudó a incorporarme.
- ¿Estás bien? ¿Te lastimaste?
Asentí. No me salían las palabras. Sonreí. Él también.
Me di cuenta de que todavía me estaba sosteniendo la mano. Ya no hacía falta pero no quería que me soltara. Me puse un poquito incómoda. No me soltaba. Me gustaba. Nos mirábamos. Seguíamos sonriendo.
-¿Estás lejos? Te acompaño a tu casa.
-Tengo baja presión, siempre me desmayo.
- ...
- Bueno, son un par de cuadras, hasta De las Artes.
-¿Viniste con tu familia?
-No, con Clarita.
-Clarita, Clarita. Son muy amigas ustedes, ¿no?
-Sí.
Caminábamos sin mirar demasiado por dónde íbamos. Nos reíamos de cosas tontas, de los nombres de las calles, de Santiaguito Pombo y sus gustos musicales. Sonreía de costado y yo me intimidaba. Era tan extraño sentir sus pasos a mi lado, irradiaba como un calor que me hacía cosquillitas. Tal vez fuera el golpe, no lo sé.
-Llegamos.
-¿Nos vemos?
-Esta noche vamos al cine con Clarita. Vení, si querés.
Se acercó para darme un beso y me puse toda colorada. Subí corriendo las escaleras de la entrada. Esas eran las mejores vacaciones de mi vida.

3 comentarios:

Nessie dijo...

me teletransporté a unas similares vacaciones con anécdota similar en un no tan similar lugar de la costa uruguaya
gracias ¿cuándo viene la novela?

Anónimo dijo...

horrible el gato de arriba

María Bayer dijo...

comprenderás, querido anónimo, que si lo puse en mi blog es porque a mí sí me gusta.